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Carlos GIL Analista cultural

Lo rural

El titular periodístico parte de un apriorismo, de un tópico, una foto fija que no se corresponde en nada con los contenidos de la producción cultural vasca de más alto nivel.

Un titular de un periódico catalán despierta un reptil que llevo plegado en el hipotálamo. Dice: «La novela vasca abandona el caserío». Viene a cuento de la traducción al castellano de obras de los autores vascos más en boga cuyos asuntos tratados son urbanos, no siempre fijados en problemática propia exclusiva, en muchos casos universales por forma y fondo, respondiendo a una realidad socio-cultural muy nítida. El titular periodístico parte de un apriorismo, de un tópico, una foto fija que no se corresponde en nada con los contenidos de la producción cultural vasca de más alto nivel. Yo diría que resume ignorancia y unas gotas de xenofobia de baja intensidad.

Sin tener que adoptar de manera dogmática las teorías de antropología cultural más avanzadas, parece claro que nuestra sociedad es post-industrial aunque mantenga su distribución geográfica donde todavía el pueblo o la villa predomina, pero queda muy localizada la actividad agropecuaria. Los hábitos de vida son urbanos y su cultura, casi en exclusiva, es urbana, ya que la que tiene relación con lo más genuino delimita de manera muy concisa sus procedencias y se coloca en el apartado del folklore.

Así que adiós a lo rural como temática, aunque en cuanto escarbamos en la memoria, en el recuerdo, para saber de dónde venimos, aparece el caserío. Es irremediable. Ahora los que disfrutan de la cultura son en su mayoría urbanos, clases medias ilustradas, por lo que es normal que las creaciones actuales literarias, cinematográficas, coreográficas, plásticas o escénicas, tengan como materia y objetivo al individuo solitario y urbano y sus circunstancias. Lo rural se deja para el turismo o el trabajo.

 
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