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CRíTICA teatro

Esperando el final

Carlos GIL         

La obra crea expectativas, tiene un trémulo que va inquietando, es fruto de una trama que nos coloca ante lo que se nos muestra, pero que está influenciado de manera evidente por algo que se nos oculta. La anécdota, un accidente por un traje en el primer día de rebajas de unos almacenes, se convierte en un absurdo, en una situación asfixiante, en algo circular, angustioso para uno de los personajes, el cliente, mientras el vigilante se nos va transformando en un ser extraño, que es el que maneja, el controlador que supera cualquier tratado de resolución de conflictos menores.

Conforme avanza la pieza crece la necesidad de que se llegue al final. Hay tantas cosas que se desconocen y se van acumulando que provoca esa sensación de urgencia resolutiva. Porque resulta que hay un cadáver, que ese lugar puede ser la metáfora de cualquier centro de decisión, que la anécdota se va convirtiendo en una categoría de corrupción de una realidad probablemente inventada. En ese plano, con leves toques pinterianos, aderezados con un humor seco, casi vitriólico, transcurre una situación que se va agotando, consumiendo, hasta una resolución sorprendente.

Desde otro punto de vista se trata de un duelo interpretativo, dos personajes reconocibles, dos roles muy definidos, muy bien asumidos con una magnífica composición por los dos actores, con un texto que en ocasiones se relaja en una precisión realista excesiva, que se revalora en cuanto busca la oscuridad o lo inverosímil, y que culmina en una solución tradicional, casi de género. Una obra fuera del canon, atractiva por su ruptura con lo habitual, pero quizás muy circunscrita a una dinámica narrativa que llega de una lógica interna que en ocasiones se escapa a los espectadores.

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