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CRíTICA danza

Expatriado

Carlos GIL

Diálogo entre cuerpo y piano, entre palabra y música, entre concepto filosófico y aritmética sonora. Vientos del pueblo, preguntas del hombre, del ser humano, de la persona; las banderas, las patrias, las naciones: los hombres y mujeres que las conforman. Todos los colores confluyen en un trapo blanco que se transforma, se carga de simbologías, se torna santo, identitario, banderizo. Preguntas y más preguntas. Y todavía más preguntas. Y la música nos referencia, sabemos de qué pueblo habla, pero entendemos que son todos los pueblos. Imaginamos una patria que se forma a base de muertes, de vidas, de dudas. Contra esas patrias. Pero con una patria que se puede bailar, que se puede desdoblar. Y esa música en directo nos lleva de emoción en emoción, a la nación, a lo que fundamenta, a la esencia, la humanidad, la palabra. Esa patria grande, total: la duda.

Formas, sentimientos, palabras, notas musicales, imágenes pregrabadas, objetos, ese cuerpo que baila, ese cuerpo que se desdobla, ese cuerpo que suda, se balancea y habla. Y cuando habla ese cuerpo es una voz del pueblo, que nos interpela, que duda, porque ama, que se siente expatriado, por ser  abanderado, por comprobar que todas las banderas flamean en la misma dirección, que dan la misma sombra, lo mismo que las chaquetas, que son una única chaqueta, por muchos colores que  se utilicen. Y es un artista el que interpela, que completa su obra con la asamblea de espectadores que se siente concernidos, sujetos, formando parte de la misma duda, cada uno con su pueblo, con su nación, con su patria. Con las patrias de todos.

Gusta este espectáculo por lo que tiene de vivo, de sincero, de verdadero y auténtico. Gusta porque el bailarín baila hasta la extenuación, lo da todo por su patria, el escenario, su nación, el arte, la danza, la palabra, que es la que forma su pueblo, acompañado por las músicas creadas y recreadas para que los hombres no necesiten las banderas ni los himnos para ser, para reconocerse, para pertenecer. Una música cálida, en constante diálogo escénico, completando una obra de arte que se socializa, se recoge, vuelve cargada de más dudas, para hacerla más grande, más propia, más genuina. ¡Qué magnífica obra de arte!

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