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CRíTICA teatro

Lazarillo escénico

Carlos GIL

Adaptar para la escena una obra de las dimensiones de “Guerra y paz” es un trabajo titánico que lleva a buen término Livija Pandur, a base de ordenar la cosmogonía tolstoiana alrededor de un objetivo final, descubrir que el ser humano es fruto de sus contradicciones, sus pasiones y sus ideales y que las estructuras de poder se basan, universalmente, en los mismos conceptos de dominio, territorialidad, violencia y reparto del botín. Siempre suena una patria como fondo, siempre hay una idea nacional, algo que provoque alistamientos viscerales o meditados pero por encima de lo personal, motivos que justifiquen invasiones o defensas numantinas. La historia la cuentan los vencedores.

En esta adaptación, en este río torrencial pero muy teatral, destaca un elemento clave: el Sirviente, un personaje extra novelístico, que es el Lazarillo que conduce a los otros personajes, a la trama, a los espectadores, por ese largo caudal de escenas y situaciones teatrales que, además, se enmarcan estéticamente en diferentes lenguajes, un propósito que logra inquietar, pero que viene a confirmar que se trata de una lectura actual, no de una recreación, que lo que dice Napoleón, lo puede decir cualquier político actual con aires imperiales.

Asistimos a un desarrollo de la trama que parece recrearse en unos ciertos pasajes, que nos intenta contar desde las entrañas de los personajes algunas de las resoluciones que llevan a ciertos conflictos personales, amores y desencuentros, pero con consecuencias externas, podríamos considerar incluso que históricas, como si no fuera un proceso diseñado, sino una acumulación de circunstancias que van llevando a lugares insospechados pero posteriormente asumidos y convertidos en razón de estado.

Lo que destaca en la propuesta es la ambición, el ver a una veintena de actores y actrices de primer nivel, una puesta en escena técnicamente exigente, a una idea del propio teatro que excede a la ramplonería, que intenta ser magnificente por sus propios valores. Un gran espectáculo, de larga duración, en croata, con sobretitulación al euskara y al castellano, una propuesta de esas que vienen de otras realidades socio-culturales, que demuestran la capacidad del teatro para acoger todas las posibilidades de la palabra y la imagen. Un gran espectáculo, donde destaca, el Sirviente, el conductor, el Lazarillo que nos ayuda a seguir el hilo conductor y nos remite a otras instancias de comunicación.

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