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CRíTICA: «Tomboy»

¿Niño o niña?

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Mikel INSAUSTI

Está claro que los preadolescentes no son angelitos o criaturas asexuadas, pero son pocos los que se atreven a sugerirlo en el cine, y menos aún a indagar en los problemas que la indefinición sexual acarrea a esas edades. Céline Sciamma presenta en su segundo premiado largometraje a una niña de diez años que se enfrenta al dilema de la identidad sexual, jugando a ser un niño. Una ambigüedad que desconcierta a los adultos, que no saben cómo reaccionar ante un caso de tal naturaleza.

Cuando leo en las notas de producción de «Tomboy» que la película fue rodada en 20 días y con un presupuesto de 500.000 euros, no salgo de mi asombro. Tengo que pensar que tanto la pequeña protagonista, como el resto de menores que actúan con absoluta soltura, pertenecen a una generación que ha crecido con la presencia de las cámaras y conviven con ellas igual que con los espejos de su casa. La estelar Zoé Héran es un gran hallazgo, por cuanto a la fuerza tuvo que presentar de entrada unas actitudes innatas para el papel. Se nota en la manera de jugar al fútbol, ya que domina el balón mejor que los chicos con los que se echa un partido. Otro tanto se puede decir de cuando pelea, demostrando que no es la primera vez que tumba a alguien del sexo opuesto.

Laura solamente se siente diferente al tener que esconderse entre los árboles para orinar, pues de cintura para arriba se descamisa a la primera ocasión. El verano del despertar al cambio de sexo se le acaba por culpa de su disputa con un chico que ha empujado a su hermanita, a la que no duda en defender. El incidente provoca la intervención de la madre, la cual permanecía ignorante de la nueva personalidad adoptada por su hija, que se estaba haciendo llamar Michael. No es que la mamá pasara de ella, sino que en ese momento se encontraba más pendiente de aumentar la familia.

Todo esto viene a recordar que cada hijo es diferente, y que reclama un tipo de atención personalizada. Los roles preestablecidos que preconiza el modelo educativo no sirven, en la medida en que el azul y el rosa no son los únicos colores posibles de la niñez.

 

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