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La cueva de San Adrián desvela sus misterios

Hace 14.000 años, al final de la última glaciación, ya estaba habitada la cueva de San Adrián, por grupos de cazadores-recolectores que periódicamente se reunían para llevar a cabo alianzas matrimoniales, rituales y, sobre todo, para conseguir los recursos alimenticios con los que mantener su grupo. Fabricaban herramientas con piedra y hueso, y seguramente madera y cuero, aunque estas no se han conservado.

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Gotzon Aranburu-naiz.info

Un equipo de Aranzadi dirigido por Alfredo Moraza, Manu Zeberio y Jesus Tapia ha hallado en el túnel, con gran sorpresa, utillaje en forma de trozos de sílex tallados para cortar o raspar la carne de los animales que cazaban los moradores de la caverna. La excavación de San Adrián empezó en 2008, impulsada por la Diputación de Gipuzkoa, y buscaba aclarar los misterios que rodean a este túnel, una de las tres «puertas» del parque natural de Aizkorri, junto a Arantzazu y el camino de Araba. Moraza no preveía que el trabajo les llevara más de un par de meses: «Pensaba que excavaríamos un metro y toparíamos con la roca, pero no fue así. Contábamos con sacar a la luz los restos de un castillo que está documentado, pero empezamos a descubrir piezas que no esperábamos», cuenta Moraza en la exposición en Aizkorriko Atea de Zegama.

Saltamos diez mil años desde la última glaciación y nos situamos en la Edad del Bronce. ¿Qué ha cambiado en San Adrián? Sigue habitado, pero sus moradores ya no dependen de la caza, sino que han domesticado animales y aprendido a cultivar vegetales, lo que les ha convertido en prácticamente sedentarios. Los restos que han dejado en la cueva ya no son toscas piedras labradas, sino herramientas de bronce y cerámica. Los arqueólogos, que han trabajado frente a la entrada y contra la cabecera de la actual ermita, han encontrado una serie de estructuras excavadas en el suelo a como hogares, cimientos de cabañas y un gran número de carbones.

Hasta aquí la Prehistoria. Ya en el siglo XI de nuestra era, cuando el territorio formaba parte del Reino de Navarra, pudo existir un castillo en el interior de la gruta, pero la primera cita documentada de la existencia de una fortaleza data de 1294, cuando Gipuzkoa ya estaba anexionada a Castilla. Los nuevos dominadores establecen una ruta de comunicación entre Castilla y los puertos vascos, que se prolonga hacia Francia, en la que San Adrián se convierte en paso obligado, y para custodiar la zona reconstruyen el castillo. La zona, frecuentada por ladrones de caminos, es escenario de continuos incidentes, de ahí que se la conozca como la Frontera de los Malhechores.

El desaparecido castillo

¿Cómo era aquel castillo? Según explica Alfredo Moraza, el túnel estaba cerrado en sus dos extremos con muros de piedra y puertas protegidas por saeteras. Su primer tenente de alcaide, el citado año 1294, fue García Pérez de Orio, y los últimos, cuando ya Nafarroa había sido ocupada por Castilla y el castillo había perdido su importancia estratégica, a partir de 1615, los Agirre-Zuazo, uno de los linajes nobles del territorio. En cuanto a su forma, Moraza indica que el recinto principal estaba situado en la plataforma superior de la cavidad, dotado de un voladizo con saeteras y almenas. En la parte más alta se alzaba una gran construcción de madera con cimientos de piedra y la fortaleza disponía de almacenes, cuadras, ermita, alojamiento para soldados...

«El resto constructivo que más nos recuerda al desaparecido castillo es el actual arco de acceso, que ocupa el emplazamiento del antiguo cierre de la fortaleza» señala Moraza, pero deja claro que el arco bajo el cual cruzamos hoy en día y el muro en que se empotra han sido reconstruidos en repetidas ocasiones.

La búsqueda de restos arqueológicos no es nueva en San Adrián. Desde finales del siglo XIX se fueron hallando materiales medievales mezclados con otros más antiguos y más modernos. Ya en 1964 un grupo de espeleólogos de la Sociedad Excursionista Manuel Iradier, de Gasteiz, sacó a la luz varios broches y hebillas de cinturón de época medieval, anillos, llaves y más de un centenar de monedas acuñadas por Alfonso VIII de Castilla y Sancho IV de Navarra, entre otros.

Pero si algún elemento de San Adrián ha provocado polémicas (y hasta apuestas, como una que ha dirimido hace pocas semanas Alfredo Moraza) es, sin duda, la calzada que atraviesa la cueva. ¿Es romana? ¿Medieval? El arqueólogo de Aranzadi explica pacientemente que «en su origen sería un simple camino utilizado por pastores y viajeros, similar a otros de zona, como Biozkorna o Artia». Pero, como señala anteriormente, «con la conquista de Araba y Gipuzkoa por Castilla (1199-1200) el paso se convierte en uno de los ejes de comunicación entre la Meseta, el Cantábrico y Europa».

El primer tramo conocido data de mediados del siglo XVI, y es un trazado solamente apto para caminantes o caballerías, con encintados laterales de piedra y una espina central de cantos, con un relleno de cascajo en su interior. Su anchura, 2,30 metros. La traza que ha llegado hasta nuestros días procede del siglo XVIII y no coincide con el anterior, pues presenta pendientes más suaves y curvas más amplias, de forma que podía ser utilizado por los carros. También es más ancha, con una media de tres metros y medio, y para su construcción hubo que realizar voladuras y ejecutar muros de contención.

A partir del siglo XV, Arlaban hará dura competencia a San Adrián en la pugna por convertirse en la puerta de Gipuzkoa y atraer al mayor número posible de pasajeros y mercancías. San Adrián tiene todas las de perder; discurre a más altura, el paraje está despoblado, su mantenimiento es más costoso... Finalmente, Arlaban se hace con el título de Camino Real de Coches, la N-I de la época, mientras que San Adrian, que cuenta solo con la ventaja de ser un trayecto más corto, se tiene que conformar con ser Camino Real de Postas, es decir, del correo, que exigía rapidez. A partir del siglo XVIII, la calzada de San Adrián entra en desuso y la falta de mantenimiento acentuó su mal estado. A pesar de ello, en 1813 fue empleada por el ejército hispano-británico para intentar cortar la retirada de las tropas francesas tras su derrota en Gasteiz. Sus últimos estertores los dio con el establecimiento en 1855 en el túnel de San Adrián de un pequeño destacamento de Mikeletes, destinado a cobrar impuestos y controlar el contrabando. En 1913 un incendio fortuito destruyó lo que quedaba del cuartel de los txapelgorri y de una posada, de forma que en la actualidad solo queda en pie una ermita, que a su vez había sido reconstruida de nueva planta a finales de la centuria anterior.

San Adrián siempre ha despertado la curiosidad de las gentes que lo atravesaban. En algunos casos, dejaron descripciones muy gráficas del túnel. Por ejemplo, Andrea Navagiero, embajador de Venecia en la Corte de Madrid, indicaba en 1528 que «tiene de largo un tiro de ballesta». El geógrafo alemán Georg Braun contaba cuarenta años más tarde que «al llegar al túnel se encuentra un grato albergue en el que se proporcionan agradables comidas a los peregrinos, especialmente a los que llevan bien provista la bolsa». Y la condesa de Aulnoy, francesa, que atravesó el túnel en 1679 con cuatro criados, dos literas y una docena de mulas, encontró una curiosa utilidad a las peñas que bordean la cueva: «...peñascos en los que se mataría a buen seguro un amante desesperado a poco que lo desease».

¿Darán más de sí las excavaciones de la cueva? Alfredo Moraza está convencido de que sí, pues hasta ahora solo se ha trabajado en un pequeño perímetro de la misma. «Hemos llegado a los 14.000 años de antigüedad y creo que hay restos anteriores, pero no me atrevo a adelantar una datación» indica prudente pero ilusionado ante el reto.

 

 

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