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CRÓNICA Gira por América latina

George W. Bush, martes 13

Es muy fácil hablar mal de George W. Bush. Decir desde la pasión y la razón que es malo, terrorista, sanguinario, loco y fundamentalista, nos introduce en los lugares comunes de su obra, mien- tras nos aplasta con su flota de helicópteros, aviones, guardias y blindados que le anteceden y lo protegen a donde se anuncia y llega.

Marco RASCÓN «La Jornada»

Nos hace querer ganar desde la propaganda lo que no hemos resuelto desde la eficiencia política, pues millones de ciudadanos del mundo, en cientos de manifestaciones dentro y fuera de Estados Unidos, no pudimos parar la invasión a Irak y la destrucción de esa nación, cuyo principal delito era tener petróleo y una posición estratégica en los mercados del mundo.

Lo duro al hablar de George W. Bush es que hay ciudadanos que votaron por él, muchos latinos, minorías raciales y religiosas, que creen en los fundamentos de su guerra, en los discursos maniqueos sobre «el bien y el mal» y la misión que tiene de Dios. Al final, frente a su belicismo e irracionalidad, topamos y apelamos en busca de leyes de la contradicción, para justificar que un personaje como Bush ayuda y contribuye a acelerar la descomposición del imperio. Pero mientras tanto, a diario mueren personas en el mundo a consecuencia de un fenómeno como George W. Bush.

Lo más avanzado no es entrar en la sicología del emperador enloquecido, mandando ejércitos a matar y morir, mientras él puede morir de miedo frente a una Pretzel en la garganta o cuando su fama de joven cobarde acompaña sus decisiones militares, como un niño enajenado frente al Nintendo. (...)Detrás están los intereses de la gran industria automotriz y militar, que son, también, los mismos que nos venden aparatos electrónicos, ropa, calzado, alimentos y hacen de nuestra inseguridad el gran negocio.

Son los que promueven a Rudolph Giuliani y sus teorías de cero tolerancia, que a su vez aplican en las calles de Bagdad con la policía de los invasores y que aquí en México se aceptan sin rechazo alguno, pues las impulsa «la izquierda», en espera del aplauso de la derecha.

George W. Bush es un emperador integrista, y por ello su secretaria de Estado es Condoleezza Rice y su procurador general Al Gonzales, un mexicanoamericano proyectista de penas de muerte; ambos son productos de la cultura del esfuerzo, ejemplo de los que vienen de abajo y aplican la espada del imperio sin ninguna duda ni remordimiento, pues al final ellos son el símbolo de las ventajas de la sumisión (...).

En este viaje de George W. Bush por América Latina, mostrando el poderío militar que aplasta todo lo que se le atraviesa, desde naciones, medio ambiente y hasta la seguridad y supervivencia del planeta, se encontró con un estado de ánimo adverso, más exacerbado en donde supondría tener aliados, como en Colombia, donde se realizó el mayor operativo de seguridad que insultó a los habitantes.

(...) Esta gira trata de emular aquella de 1961 denominada Alianza para el Progreso, impulsada por John F. Kennedy para aislar y contrarrestar la fuerza alternativa de la Revolución Cubana en el continente latinoamericano.

El fenómeno de George W. Bush y sus guerras, su belicismo, sólo es comparable con el de Adolfo Hitler, pero decir eso también es un lugar común. El objetivo de derrocar y enjuiciar a Saddam Husseim le costó la existencia misma a Irak, y ahora, a manera de estrategia, se ha provocado una profunda escisión religiosa en ese que era un Estado laico, avanzado, donde había procesos reales de integración étnica y religiosa.

Nuestro error es pensar que Bush es un monstruo, como el alemán o el italiano, y no reconocer que este emperador y este imperio son obra de la naturaleza humana, y que este siglo será crucial para entender la crueldad como parte de la especie. Sólo así, partiendo de lo humano, podremos encontrar el fondo para erradicarlo y terminar con los fanatismos que hoy nos dominan.

Este día, por su nombre, evoca la historia contada por el cineasta cubano Santiago Alvarez, Hanoi, martes 13, y nos recuerda que el martes, día de la guerra, era fundamental para la simbología del imperio romano.

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