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Jesus Valencia | Educador social

Elogio a la coherencia

Hablamos de personas a quienes el rigor de su compromiso las reafirma y que basan su fuerza en las convicciones. Anteponen el deber a la componenda y la ilusión al desmayo

Corría 1516 y fracasó en su intentona el último Mariscal del Reino. Quiso restablecer la legitimad navarra y fue apresado antes de iniciar sus escaramuzas. Pretendía restaurar las libertades patrias y acabó sometido a cadenas lejos de su tierra. Don Pedro no constituía una amenaza militar para los intereses españoles; así y todo, quedaba un reducto en él que no había sido controlado: su conciencia. Y los conquistadores no podían tolerar aquella parcela de dignidad.

500 años más tarde, y en el marco de un pretendido proceso negociador, sigue abierto el conflicto de soberanías. El Gobierno español sabía que contaba con una fecha decisiva en el calendario (27 de mayo) y una Ley de Partidos en vigor. La izquierda abertzale acude a las citas negociadoras cargada de buenos propósitos, pero en actitud inaceptable: reafirma la legitimidad de los derechos que reclama y la validez de su empeño por restaurarlos; o sea, pretende ser interlocutora en términos de igualdad. Le culpan de no cumplir la exigencia que le han impuesto, la que nadie ha cumplido y la que nadie cumplirá (bueno, pasemos por alto a cobarduelos y trepas que buscan acomodo en las playas de la rendición). El requisito de condenar la violencia es pretexto; lo mismo podrían requerirle que se rapara la cabeza o que paseara en calzoncillos. El problema no es el contenido de la exigencia, sino la exigencia en sí: determinar quién detenta el poder de imponer condiciones y quién tiene la obligación de asumirlas. Es decir, establecer mediante trampas y apremios quién es el amo y quién el vasallo.

El 27 de mayo estaban en juego los votos ciudadanos y mucho más. ¿Emergería la izquierda abertzale como roca firme o quedaría disuelta? O sea, ser o no ser. Se le pedía que traspasase el umbral de la dignidad; línea sutil pero determinante, rubicón de libertades individuales y colectivas. Quien cruza esa raya maldita se reconoce súbdito, admite que sus derechos son delegados y que su pretensión de exigirlos es un acto de rebeldía. Quien se somete a vasallaje está urgido, por sumisión y por mala conciencia, a perseguir y arrinconar de mil formas a sus antiguos compañeros. ¡Qué trabajoso es el oficio de traidor!

Pese al diluvio de piedras, dardos y vituperios que les han llovido, casi 190.000 coherentes cruzaron el desfiladero electoral. Aunque no hubieran sido más que siete, tendrían sobrados motivos para sentirse reafirmados. ¿De qué madera está hecha esa gente? Hablamos de personas a quienes el rigor de su compromiso las reafirma y que basan su fuerza en sus convicciones. Anteponen el deber a la componenda y la ilusión al desmayo. Sueñan con alcanzar acuerdos, que no rendiciones. El esfuerzo de cada día no ahoga las reivindicaciones por las que pelean. Primeras en el reparto de tareas y últimas en el de favores. Irreductibles e inevitables. Si se hubieran rendido, todo un cortejo de reptiles les hubiera ensalzado. Pero hubieran perdido el crédito que les avala y, lo que es peor, su identidad. Por suerte para todos, han vuelto a reafirmar su coherencia. Necesaria en días electorales e imprescindible en la nueva etapa que acabamos de empezar.

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