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Magnum, una selecta agencia de fotógrafos en revolución permanente

La agencia de fotoperiodismo Magnum cumple 60 años. En este tiempo ha sufrido cambios, pero siempre intentando mantener su idiosincrasia. El secreto de su longevidad lo anticipó Cartier-Bresson, uno de sus fundadores. «Vive la revolución permanente».

Kristina MARTIN

La agencia de fotoperiodismo Magnum Photos acaba de cumplir 60 años. Para celebrarlo, han programado un gran festival en el que se explora el género documental en todas sus variantes, desde la fotografía y el cine hasta el periodismo.

Magnum es una agencia especial, sobre todo porque es una cooperativa formada por los propios fotógrafos que conservan todos los derechos sobre sus imágenes. En la actualidad, unos 60 profesionales conforman la agencia, que tiene oficinas en Nueva York, Londres, Tokio y París. Desde allí distribuyen sus imágenes a la prensa, editoriales, agencias de publicidad, museos y galerías de arte. En total, poseen un archivo de alrededor de un millón de imágenes, además de las 350.000 que pone a disposición en internet. Sus fotógrafos han inmortalizado con su peculiar perspectiva los acontecimietos más significativos del siglo XX y XXI.

El nacimiento de Magnum y su idiosincrasia estuvieron profundamente marcados por la Segunda Guerra Mundial. Fue el 22 de mayo de 1947, dos años después de que finalizara la contienda, cuando cuatro fotógrafos -Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, George Rodger y David «Chim» Seymour-, fundaron esta agencia. Magnum le traía a la mente de Capa la botella de litro y medio champán, que recibía el mismo nombre. Su motivación: ellos mismos sufrieron la guerra en su propia piel y les empujó el deseo de inmortalizar las consecuencias de seis años de sangrientos combates. Su idiosincrasia: un fotógrafo entre reportero y artista que muestre no sólo lo que se ve sino que enfatice la manera en que lo percibe.

Cada socio aportó 400 dólares de la época para crear una de las primeras cooperativas de fotógrafos del mundo. Comenzaron siendo siete socios, entre ellos dos mujeres, Rita Vandivert y Maria Eisner, pero poco a poco fueron convirtiéndose en un nutrido grupo.

«Cuando regresé a Francia, estaba completamente perdido», confesaba Henri Cartier-Bresson en una entrevista en el diario «Le Monde». «Había estado empeñado en mirar a la foto en sí misma, como se hace con un poema. Pero con Magnum nació la necesidad de contar una historia», explicó.

Al crudo escenario que había dejado la guerra y a la ilusión de cuatro jóvenes por hacer algo diferente se unió la invención de cámaras más pequeñas, más manejables y con una película más sensible. Robert Capa fue el que previó que este avance de la tecnología y el estado psíquico de los fotógrafos, derivado del contacto durante tantos años con excesos emocionales, era la combinación perfecta para cumplir los propósitos de la agencia. «Vislumbró nuestro futuro con la combinación de mini-cámaras y maxi-mentes», afirmó George Rodger.

Efectivamente, los cuatro vivieron experiencias muy duras. Roger tuvo que recorrer «300 millas a través de una selva de bambú» para escapar de los japoneses en Burma. Pero lo que le empujó a dejar definitivamente la fotografía de guerra fue su contacto con los campos de concentración nazis. Allí se vio a sí mismo «convirtiendo la muerte en bellas composiciones fotográficas» y no le gustó. Entonces dirigió su objetivo hacia África, un territorio aún sin explorar por los fotógrafos. Cartier-Bresson, por su parte, fue prisionero de los alemanes y cuando logró escapar, pasó a formar parte de la resistencia francesa. El polaco David Seymour, de ascendencia judía, perdió a su familia en la Segunda Guerra Mundial. Y Capa vivió la Guerra del 36, en la invasión japonesa de China y en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial.

El primer gran obstáculo al que se enfrentó la joven agencia fue la muerte de dos de sus fundadores, en la década de los 50: Capa murió en 1954 al pisar una mina en la guerra de Indochina y, dos años después, Chim falleció por un disparo en Suez.

A partir de entonces, la agencia tuvo que adaptarse a los cambios que acontecían rápidamente en el mundo de los medios de comunicación, como el auge de la televisión y de la propia fotografía, o el cierre de la revista »Life», donde publicaban la mayoría de sus trabajos. Sin embargo, siempre conservaron su filosofía. «Entre nosotros nunca hablábamos de fotografía o de técnica. Hablábamos de la vida, del mundo, que es mucho más interesante», decía Cartier-Bresson.

Magnum siguió desafiando el sistema habitual de ceder los derechos de las imágenes a las publicaciones. En este sentido, la cooperativa sigue siendo muy estricta. Según figura en sus estatutos, cada fotógrafo es dueño de sus imágenes, puede elegir si permitir que sean cortadas o no y, aunque un medio compre su imagen, no puede utilizarla como se le antoje. Además, y para evitar que el profesional se vea obligado a acatar el punto de vista que le imponga la publicación, cada uno elige los temas que quiere captar y se toma su tiempo para conocer el terreno. «La vida no está hecha de historias que se puedan cortar en pedazos como si fuera una manzana. Nosotros tenemos que evocar una situación, una verdad. Ésta es la poesía de la realidad de la vida», dijo Cartier-Bresson en 1957 al hablar sobre aquellas publicaciones en auge que intentaban reflejar un acontecimiento con una mera sucesión de imágenes.

Una vez superado el trance de la muerte de dos fundadores, Magnum siguió adelante con la incorporación de jóvenes talentos como Eve Arnold (fotografió a Marilyn Monroe), Burt Glinn, Erich Hartmann, Erich Lessing, Dennis Stock, Kryn Taconis y Mark Riboud. Éste último es el autor de una imagen tomada en 1967 en la que aparece una mujer que sostiene una flor en frente de decenas de soldados armados, convertida en símbolo de la oposición popular en EEUU contra la guerra de Vietnam). Esa filosofía de no supeditarse a los intereses de las publicaciones posibilitó a los fotógrafos reflejar su mirada crítica con respecto a conflictos e intervenciones militares, como la de EEUU en Vietnam.

En los años 70, Magnum tuvo otro dilema. Las revistas incrementaron el uso del fotoperiodismo y la agencia vio cómo se publicaban decenas de sus fotografías. Pero había un lado oscuro: los editores usaban las imágenes con un fin cada vez más decorativo. A menudo, se indicaba a los fotógrafos qué tipo de imagen, enfoque, iluminación y color deseaban para la portada, lo que hizo que esta figura quedara reducida a un mero peón de los editores de las revistas.

En esa época triunfaron las imágenes de Susan Meiselas sobre la revolución sandinista en Nicaragua o las de Giles Peress del norte de Irlanda. Al sentirse coartados, muchos de estos fotógrafos expresaban su visión personal en exposiciones propias y libros. Esto marcó un punto de inflexión para la agencia Magnum.

El fotógrafo no sólo se expresaba con sus imágenes, sino que ahora también expresaba sus sensaciones. Raymond Depardon fue pionero de esta tendencia. Publicaba cada día en el diario francés «Liberation» una sola imagen con un pequeño texto a modo de diario. Peress, que pasó cinco semanas en Irán en 1980, editó un libro con los télex que enviaba a la oficina de la agencia, en los que admitía estar presenciando un conflicto que no comprendía. Eugene Richards, Harry Gruyaert y Alex Webb's se sumaron a esta tendencia.

En la actualidad, los socios de Magnum se han convertido en modelo y también en una élite. Publican libros, protagonizan exposiciones, ofrecen conferencias y es raro no ver a varios fotógrafos de esta agencia entre los ganadores del certamen anual del fotoperiodismo World Press Photo.

Si bien las cámaras más pequeñas y fáciles de manejar ayudaron al despegue de Magnum en los 50, la carrera tecnológica actual, sobre todo la expansión de la fotografía digital, no se considera tan positiva.

Según señalaba en una entrevista reciente Jimmy Fox, quien ha sido editor de la agencia durante 30 años, «ahora los medios fuerzan a los fotógrafos a hacer digital, porque es más barato y más rápido, pero lo que ocurre es que disparan de más. Con el ordenador ha venido a producirse una diarrea visual». Un miembro actual de Magnum, el británico Martin Parr, incidía en esa idea. «Hoy, en cualquier suceso masivo, siempre hay una persona del público sacando fotos con su móvil. La tarea del fotógrafo se ha vuelto redundante», opinaba.

Ya no queda, tal y como en su momento buscó el fundador George Rodger en África, ninguna parte del mundo «limpia».

1947
Postguerra

La invención de cámaras más manejables y la sensibilidad de cuatro fotógrafos que habían vivido excesos emocionales en la 2ª Guerra Mundial fue la combinación perfecta para cumplir los propósitos de la agencia.

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