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Jakue Pascual Sociólogo

Zoótropo

Se enciende «La linterna mágica». Al fondo del sendero, la «Muerte» asoma burlona por detrás del único árbol. Bergman juega al ajedrez alargando el tiempo prestado. Mueve una pieza, e4. La sombra sonríe. Apertura escandinava, co- menta. Peón azabache iguala, d5.

La represión de los instintos destruye. Bergman niño tartamudea y escapa con Frau Holle. Las toscas máquinas iteran imágenes de caperucitas y lobos. «Quien ha nacido, como yo, en la familia de un pastor, aprende muy pronto a mirar más allá del decorado». «Fanny y Alexander» rememoran vivencias.

Huido de sus progenitores, Bergman se esconde en la bohemia de Gamla Stan. Alf Sjöberg proyecta su guión «Tortura» y la Svensk Filmindustri promueve las obsesiones de «Crisis». «Prisión» es donde no hay nadie a quién inquirir.

Bergman plantea como problemáticas las relaciones de pareja. Los rostros femeninos imprimen un sinfín de registros, ecos mudos de la Escuela Sueca. Una pieza de cámara para sentimientos incompatibles.

La felicidad es efímera, reitera. Un juego de sonrisas en una noche de verano con Mónica. Un éxito relativo para un prestidigitador que saca de la manga una máxima que incumple. La expresión de su necesidad nunca entretiene al espectador. Su ética sin moral sólo abre puertas. Tras ellas, imágenes dispersadas transitan por entre la nada durante un veinticincoavo de segundo.

El arte ya no es comunitario, se lamenta Bergman, no construye catedrales y depende de productores y banqueros. Y una «Noche de circo» se hace ilusionista de Cine Club para no verse privado de la cámara.

El director bebe, en «El manantial de la doncella», de la tradición nórdica. Rompe «El séptimo sello», un óleo del medioevo donde «el hombre vivía bajo el terror de la peste, como ahora bajo el de la bomba atómica». La cuestión de si Dios existe se oculta tras unas «Fresas salvajes». El profesor Borg confunde pasado y presente y se pregunta quién es. La representación bromea entre dicotomías y una mueca de terror se dibuja en «El rostro».

Los personajes de Bergman son confinados en paisajes aislados y países extraños. Habitan en silencio relaciones vampíricas, se miran al espejo de sus obsesiones y comulgan con duras experiencias. La hora del lobo es «el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales». Hórror vacui entre «Gritos y susurros». Psicoanálisis o Dios, no gracias. El alquimista Jung devuelve algo de subjetividad a las marionetas. Comunicación, contacto y empatía: Alternativa Bergman.

La guerra es la vergüenza y la falta de compromiso crítico nos arrastra hacia ella. La barcaza se atora entre cadáveres flotantes. Huir de los problemas no hace que se esfumen. Para Bergman «El huevo de la serpiente» totalitaria se incuba en la trama de un nido de reptiles.

De niño me impactó la sonrisa en la cara de la «Muerte». «¿Vienes a buscarme?», le pregunta ahora Bergman. «Hace tiempo que transito a tu lado», le ha contestado ésta. Txe2, mueve la Dama Negra. «Jaque mate», sentencia.

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