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Un sí, pero para todas las víctimas

Llevo años comentando y reivindicando el rol y la memoria de las víctimas de la guerra civil de 1936 y de la represión franquista. En mi caso la de mis dos tíos, probablemente fusilado uno, joven sacerdote de Rentería y «desaparecido» el otro, tras presentarse en el Ayuntamiento de Oiartzun y, por extensión, la de los que se encuentran en parecida situación.

En concreto, mi primera reacción surgió a raíz de la publicación de un artículo de mi amiga Agurtzane Juanena y el comentario al mismo de mi también amigo el filósofo Joxe Azurmendi.

Insistía, por mi parte, -«Las Víctimas y la Memoria del Pueblo», «Egunkaria», 1999/8/5; «Deia» y GARA- en recordar y recalcar la memoria, nuestra memoria no histórica sino cercana y viva, de todos aquéllos que fueron fusilados o desaparecieron violentamente durante la guerra civil y cuya existencia como muertos -¡trágica paradoja!- no consta en ninguna parte ni en papel alguno. Es decir, son nuestros «desaparecidos». Por supuesto, no eran las únicas víctimas de la guerra civil, pero eran las que en Argentina, por ejemplo, han ocupado el primer plano de la política nacional durante años y siguen ocupando aún hoy en día los tribunales. Proponía, también, la creación de un monumento a la memoria de los desaparecidos y fusilados de la guerra civil que pudiera ser un bosque precisamente en Gernika, que bien pudiera llamarse Intzirien basoa, El Bosque de los gemidos, Le bois des gémissements.

La buena acogida que tuvo mi artículo me impulsó a contactar por correo con instituciones y personalidades que pudieran interesarse en las víctimas de la guerra civil. Entre las respuestas merecen ser subrayadas la de la Lehendakaritza y la del Sr. obispo Mons. Setien. La Lehendakaritza, además de agradecer el «conocimiento del proyecto de recordar a todas las víctimas», afirma que «en la propuesta... tiene que tener protagonismo el Pueblo Vasco» y me comunica que «hemos dado traslado de una copia de la misiva al Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco». Pero la respuesta que más llamó mi atención fue la del obispo Mons. Setien precisamente la víspera de su renuncia definitiva al obispado de San Sebastián. Abogaba él por crear una comisión de responsables políticos y de familiares que dinamizara y dirigiera la concepción y la creación del memorial de los fusilados y desaparecidos de la guerra civil.

La Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco optó olímpicamente por la no respuesta, lo que llamaba todavía más la atención. Que ni la copia entregada por la Lehendakaritza ni el dosssier enviado personalmente no merecieran tan siquiera un simple acuse de recibo de parte del Parlamento era un silencio que rozaba la falta de educación y una postura inaceptable: ignorar por no decir menospreciar las víctimas de la guerra civil y sus familiares. ¿Y su actuación? En este sentido la legislatura autonómica, 1998-2001, fue muy activa y, sobre todo, clarificadora. Hubo problemas para crear la Comisión de las Víctimas por el rechazo -boicot de hecho- de la AVT y de (COVITE) a aceptar la propuesta de PNV, EA y de EH de crear una ponencia «de todas las víctimas de la violencia». El «Grupo de las Víctimas del terrorismo» había reclamado «que la ponencia de la Comisión fuera exclusivamente de las víctimas del terrorismo, no de la violencia en general (...)», ya que «tendería a (...) que la sociedad olvide todos estos años de terror y muerte».

Uno tiene su dificultad para aclarar si se trata de una broma o de una provocación para hacer reaccionar a algún desorientado. Pero ¿qué autoridad tienen estas asociaciones, para erigirse en juez al ser parte y decidir quiénes tienen derechos o no a esas indemnizaciones?; y algo parecido al decidir quiénes tienen que ser miembros de las comisiones del Parlamento. Y poco ayudan en la reconciliación en una posguerra que no acaba de cerrarse del todo al pedir la exclusión de unas víctimas que han sufrido mucho como en cualquier guerra. Es decir, que las víctimas de la guerra civil y del franquismo, a los 70 años de su desgracia, que-darían, a petición del «Grupo de Víctimas del Terrorismo», excluidos de la ponencia de las víctimas porque no pertenecían a las «víctimas del terrorismo». ¿No sería más razonable estudiar una tabla de prioridades y de indemnizaciones y crear una comisión de aplicación que juzgue cada caso y dictamine con unos criterios de equidad? ¿No cabe más compasión y, sobre todo, más justicia? De ahí precisamente la llamada de este artículo: «Un sí pero para todas la víctimas» que lanzo a las autoridades y a las autodenominadas «víctimas del terrorismo», recordándoles que no son ellos los únicos y que piensen en otras víctimas de la misma comunidad que han tenido muchos muertos, fusilados y desaparecidos: es decir, mucho dolor sin ningún reconocimiento, sin ninguna indemnización en su ya larga vida.

De hecho, la Comisión de Derechos Humanos, con sus más y sus menos, aprobó constituir una ponencia de «víctimas de la violencia» con los votos de PNV, EA y EH y con la acusación de los de PP, PSE-EE y UA de querer «tapar la voz de las víctimas del terrorismo». Esta Comisión, con la presencia de los restantes miembros, fue trabajando el dictamen que dos años después presentó al pleno para su aprobación a finales del año 2000. No obtuvo el aprobado de la mayoría de la Comisión -EH estaba ausente- y, en consecuencia, los dos años de trabajo se quedaron en «papel mojado». Es decir los partidos PP., PSE-EE, y UA, rechazaron la ponencia en su integridad, pero no tuvieron la posibilidad de sacar adelante la suya a favor de la exclusividad por falta del quorum necesario.

Como colofón a la ponencia y sus avatares, el Parlamento Vasco, a instancias de PP, PSE y UA, tributó un homenaje a los familiares de las víctimas de la violencia; un acto que estuvo perturbado por la polémica de la creación de la ponencia y, sobre todo, el rechazo de parte de los colectivos Covite y AVT, tanto del homenaje como de la forma de celebrarlo, (literalmente) «por falta de rigor organizativo». Y uno, una vez más, sigue sin entender algunos comportamientos por mucha verborrea que se les eche. Estos colectivos rehusaron participar en un acto en su propio homenaje, organizado por un parlamento. De hecho, presidió el acto el presidente de la Cámara Parlamentaria Juan María Atutxa, que repartió a los 141 familiares víctimas de ETA representados los diplomas con la imagen del árbol de Gernika, símbolo también del Parlamento. Y para las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista, ¿qué? Seguro que estarán bien archivadas, olvidadas incluso, esas ponencias y esas víctimas.

Visto lo cual, uno que se ha impuesto a sí mismo como una deuda -«oroipena zor»- la recuperación de la memoria y el honor de sus mayores, cambia de campo de acción: desatiende la vía política y la parlamentaria y aborda el estudio y la recopilación de los datos de las personas que ha ido localizando como posibles víctimas y ha realizado su investigación a base de entrevistas, revisión de periódicos, archivos de la Iglesia, del juzado, libros y publicaciones de historia, etc. Para empezar, me limito a mi pueblo natal, Oiartzun, población de unos 4.500 habitantes en 1936. Al cabo de cuatro años la investigación concreta en 21 las víctimas «fusiladas o desaparecidas». En conclusión, el año pasado, en el 70 aniversario de la guerra civil, de acuerdo con la Corporación municipal, se decidió levantar una lápida con la inscripción de todos los «fusilados y desaparecidos» del pueblo, nacidos o domiciliados en él.

Algo parecido ha ocurrido en Andoain. Han hecho un estudio muy serio y completo de las muertes y la represión de la guerra en el pueblo en el que han encontrado 22 víctimas muertas y como recuerdo han levantado un monumento llamativo con la lista de los muertos.

Precisamente la inauguración del monumeto de Andoain me obligó a tomar parte en el comentario del hecho. En la prensa diaria (21/05/06) apareció, entre otros, el comentario del concejal del PP que, no contento con no asistir, se permitió decir que el acto suponía para él «evocar viejos sentimientos que únicamente pueden conseguir avivar viejos rencores...». Hay que recordarle, simplemente, que los monumentos «a los caídos por Dios y por España» llevan casi 70 años de presencia en nuestros cementerios y, en calidad de vecinos, hemos tenido que tolerarlos sin pedir su destrucción. Precisamente ese comentario trajo otro, respetuoso, por cierto, de Eduardo San Martín, director adjunto de Abc.es de Madrid, subrayando los «muertos olvidados» que se dan en el mundo. Como subraya mi interlocutor, yo me refiero a mis muertos, «desaparecidos» diría yo, que han esperado 70 años para tener la primera lápida en el cementerio de Oiartzun. ¿Y de los muertos por ETA qué?, me pregunta el señor San Martín. Pues que, por lo visto, son unos mil, pero no son los únicos, ni los más numerosos; le recordaría que Altaffailla, Kultur Taldea, en su apreciado estudio «Navarra 1936; de la Esperanza al terror», consigna 2.789 como mínimo (número de fusilados en Navarra) y se habla, por otra parte, de unos 1.000 «desaparecidos» en Gipuzkoa, es decir, crímenes que no prescriben. Y pedimos y prometemos que seguiremos con la recuperación de su memoria: «Oroipena zor». Deber de memoria.

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