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obituario [ victor celada]

Tormento y pasión

Arantza AMEZOLA |

El pasado sábado nos dejó, de forma trágica, uno de los mejores baterías de Euskal Herria, el gasteiztarra Víctor Celada, hijo de otro ilustre de los parches, Angel, aunque de entonación más genuinamente jazzística que su progenitor. Victor atesoraba ya una notable trayectoria cuando entró a formar parte de la élite de músicos vascos becados por la Berklee School of Music de Boston, donde terminó de forjar su característico estilo, que le permitió trabajar en los más diversos contextos.

Su trayectoria guadianesca, sobre todo en los últimos tiempos, con períodos de gran actividad, momentáneas retiradas y vueltas apasionadas, y los problemas personales, que a la postre han motivado su desaparición, no impidieron la constatación de su calidad a través de multitud de actuaciones junto a figuras del jazz estatal e internacional. Se recuerdan sus colaboraciones discográficas con Iñaki Salvador («Zilbor hestea», «Jazz zinea»), o con figuras de la canción vasca como Miren Aramburu o Gari. El único álbum a su nombre fue «Punch», de 1997. Todavía el pasado verano, después de superar un grave accidente de moto, formó parte de la rítmica estable del hotel Indautxu durante las fiestas de Bilbo. Entonces aparecía ilusionado y deseoso de hacer realidad futuros proyectos.

Las presencias en el festival de jazz de su ciudad natal fueron habituales y memorables. El crítico iruñarra Carlos Pérez Cruz dijo con motivo de su intervención en el Festival de Gasteiz de 2002 que era «pasión desatada como motor frenético del septeto -del que formaba parte-. Celada es presente, pero, sobre todo, es futuro sin límites de la batería». Una reacción apasionada, fatalmente excesiva, se lo llevó en la treintena, dejándonos huérfanos de ese futuro, desamparados ante la absoluta irrevocabilidad de nuestros actos.

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