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Raimundo Fitero

Sin premio

Ya se sabe, los premios son irrelevantes hasta que se los conceden a uno. Un premio es un premio, como una rosa es una rosa. Los premios que se otorgan desde entidades públicas, asociaciones o empresas privadas referidos a los asuntos audiovisuales no son siempre una constatación de méritos, sino un reparto de gestos, guiños y hasta de patadas a la espinilla. Si se miran los últimos premiados se ve en ocasiones no solamente el acierto con la elección de los premiados, sino que se nota mucho la ausencia de otros programas que son los emergentes, las revelaciones de la temporada, pero que por asuntos de intereses empresariales, no aparecen en la lista final. Es escandaloso el vacío a La Sexta en los últimos Ondas. Por poner el ejemplo más cercano. Estos detalles son los que hacen desconfiar de todos los premios. O al menos, de mantener un reparo científico ante las disposiciones transitorias.

Estaba pensando que posiblemente no existan muchos ciudadanos que hayan tenido una vida normal y se vayan de este mundo sin comer pipas Facundo y sin recibir algún premio. Es más, se me ocurre que voy a escribir en este agobiante puente los estatutos de una asociación con ánimo de premio para que nos reunamos aquellos que nunca jamás hemos sido premiados. En cuanto la registre convoco manifestaciones para un reparto universal de premios para todos, sin discriminación por sexo, religión ni talento. Los gilipollas también merecemos premios.

Realizada mi obra del día, pasemos a lo importante, que es constatar que ya no somos otra cosa que individuos poseídos por el espíritu navideño, que se traduce en consumidores excesivos, en compradores de por si acaso, y en atribulados paseantes por tiendas regentadas por chinos en busca de ese regalo que nos saque del apuro del amigo invisible, uno de los inventos sociales más crueles y mortificantes. Todo ello lo deduzco de mis sesiones frente al televisor, sin mando a distancia, un ejercicio del nuevo pensamiento zen cibernético. Una cadena al azar, y mantenerse en sesiones graduadas de quince minutos, después treinta y así hasta llegar a las dos horas. Una experiencia dolorosa a su alcance sin premio.

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