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Xabier Silveira Bertsolari

Bergamín

Mira por dónde, ¿no acaba de pasar que nos han pegado el palo con lo del proceso de paz? ¿Se lo llevó el viento o quedó muerto? Va a ser la segunda opción, sí, más que nada por el olor

Decían los King Putreak (¿o era The Vientre?) que «la lengua es de morder, cuando das tanto que hablar, boca cerrada». Con arreglo a esto, a ver cómo me las apaño para no dejar la columna en blanco y decirlo todo de una vez. A ver. Y mira que me tienta la blanca pureza del silencio en el papel, pero a ver, vamos a ver.

Me flipa la poesía. A veces digo -borracho de ego- que soy bertsolari en euskera y en castellano poeta. Me va la rima. Vagaba tiempo atrás por Arrecife, en Lanzarote, cuando descubrí que no hay como perderse para encontrar de todo y que -lo más importante- cada vez que me busco me encuentro perdido. Playas negras, volcanes apagados, desierto de lava... Casi siempre se ve lo mismo al mirar en nuestro interior, al observar nuestra alma desde la calma de una cama. ¿O era desde la cama de una dama? No lo sé, ¿o sí? A ver.

Lo que seré, no lo sé. Lo que he sido, no lo entiendo. Total, que me quedaré sin saber lo que estoy siendo.

¡Me lo temía! Cuanta sabiduría esconde este hombre cada vez que se escuda en su nombre. José Bergamín. Falleció en Donostia hace ya más de dos décadas. Un luchador. Un poeta de la línea del frente.

La mentira y la verdad son dos nombres que le damos a una misma realidad. Por lo mismo, unos matan con razón y otros lo hacen por la espalda, por dinero y por vicio. ¿Quién es quién? No es que tú me hayas dejado, es que te has ido de un sueño en el que yo me he quedado. Y quedado no es el verbo idóneo, pues quedar quedan ya pocos, están todos en la cárcel. Todos menos los que abandonaron el barco a tiempo, a tiempo de enrolarse en el gran buque de la democracia, esa que mata por necesidades de estado.

Un pensamiento me mata: porque al pensar en la muerte estoy pensando en España. Pero tranquilos, no pasa nada, el que nada no se ahoga y eso que no traje traje. De baño digo, pero nada, no pasa nada. Todo lo que pasa, pasa porque se lo lleva el viento. Lo que no pasa y se queda sin pasar, se queda muerto.

Mira por donde, ¿no acaba de pasar que nos han pegado el palo con lo del proceso de paz? ¿Se lo llevó el viento o quedó muerto? Va a ser la segunda opción, sí, va a ser la segunda, más que nada por el olor. La muerte te está diciendo lo que la vida te calla: porque la muerte te dice que de lo dicho no hay nada.

Me ahorro el comentario que me sugiere este último poema de «The Berga's crak» y continuamos lanzado los dados, a ser posible debajo de la mesa, que así podemos lanzar otra vez. Y otra vez: La irrealidad de la vida es la realidad de la muerte. Nadie cambiará su suerte al final de la partida. Y no será fácil llegar al final con vida, con fuerza para vivir, que no sin haber muerto.

Pero lo intentaremos, por muy mal que nos lo pinten los del miedo a mancharse con aguarrás. Lo que más vale la pena nunca llegará a valer tanto como lo que cuesta. Ya lo veremos. Porque de eso, de eso ni el menor atisbo de duda; ¡Lo veremos hasta los incrédulos! Gurea da garaipena!

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