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Mikel Irujo Amezaga y Carlos Garaikoetxea Urriza Diputado y ex diputado del Parlamento Europeo por EA

Parlamento Europeo: 50 años de historia

En los últimos 50 años los regímenes totalitarios han desaparecido y el mapa continental ha cambiado considerablemente. Ocho de los últimos doce estados miembros no eran independientes hace 50 años

Cuando tienes quince años tienes un futuro; con veinticinco, un problema, con cuarenta experiencia... pero hasta no cumplir los cincuenta, no tienes historia». Son palabras de la escritora lusa Agustina Bessa-Luís, citadas por el presidente de la Comisión Europea, Sr. Barroso, durante un acto solemne en Estrasburgo hace escasos días para conmemorar el 50 aniversario del Parlamento Europeo. El 19 de marzo de 1958, Robert Schuman, uno de los «padres» de la construcción europea pronunciaba su discurso inaugural como primer presidente de la Asamblea Parlamentaria europea. La II Guerra Mundial seguía fresca en la mente y en el corazón de los europeos. Por si fuera poco, casi la mitad de los actuales estados miembros vivían bajo un régimen totalitario, incluidos nosotros. Europa nació fruto del miedo.

La Comunidad Económica Europea iniciaba así su andadura. No fue hasta 1979 que se celebran las primeras elecciones, puesto que hasta entonces los miembros del Parlamento eran delegados de los parlamentos estatales. A partir de 1986, con la aprobación del Acta Única pasa a adquirir poderes que van más allá de los puramente consultivos. El Tratado de Maastricht supone un espaldarazo definitivo, al nacer la figura de la «co-decisión», es decir, el Parlamento decidiría sobre ciertos temas en igualdad de oportunidades que el Consejo (los estados miembros). Los sucesivos tratados (Amsterdam, Niza y Lisboa -este último a falta de ratificación-) han ampliado la lista de temas decididos de esa manera.

El Parlamento es único en su especie. No existe nada parecido en todo el mundo. Existen otros parlamentos o asambleas continentales, pero ninguna de ellas tiene capacidad de decidir. Un parlamento debe tener, al menos, tres tipos de poderes: poder de decisión, poder de iniciativa y poder de control sobre el ejecutivo. En cuanto se ratifique el Tratado de Lisboa, el Parlamento tendrá poder de co-decisión sobre casi todas las políticas comunitarias. Toda la política medio ambiental, protección de consumidores, agricultura... que deba aplicarse aquí, deberá ser aprobada por esa cámara. Pero el poder de decisión sigue sin ser comparable al de los parlamentos «convencionales». Debe co-decidir con el Consejo -es decir, los estados- y, por otro lado, no puede decidir sobre cuestiones elementales como su sede (785 diputados y unos 3.000 funcionarios pasamos tres semanas en Bruselas y una en Estrasburgo) o el estatuto de sus diputados. Una de las grandes carencias es la de carecer de poder de iniciativa. No puede proponer nuevas leyes (reglamentos, directivas...) y debe esperar a que la Comisión Europea lo haga. No obstante, dispone de poder de control, especialmente hacia la Comisión. Hace 10 años el Parlamento obligó a dimitir en bloque a la Comisión presidida por Jaques Santer. Entonces el Parlamento, al margen de nacionalidades e ideologías, se comportó como una institución que reclamaba presencia en el triángulo institucional comunitario. A partir de ahí las relaciones con la Comisión Europea han sido más fluidas. Respecto al Consejo, el poder es mucho más limitado.

Europa ha avanzado mucho los últimos 50 años. Salvo excepciones muy cercanas, gozamos de un régimen de libertades nunca conocido anteriormente. El bienestar nunca ha sido tan elevado, si bien quedan muchísimas bolsas de pobreza, y existe un consenso en la sociedad para mantener un régimen de justicia social (pensiones, prestaciones por desempleo, ayudas a la familia...) que, si bien a algunos nos puede parecer mínimo, no existe en ninguna parte del mundo. Sería impensable para un ciudadano o una empresa radicada en EEUU tener que pagar nuestros impuestos en aras de asegurar una sanidad universal o un sistema público de pensiones. Todo ello es lo que J. Rifkin ha llamado «el sueño europeo». Lo malo es que sea un americano quien nos recuerde a los europeos que estamos ante una idea revolucionaria que ha cambiado radicalmente la historia de nuestro continente.

El mismo día que conmemorábamos este aniversario, moría el último poilu, es decir, el último combatiente francés vivo de la Gran Guerra. Toda una coincidencia que refleja el contraste entre la vieja y la nueva Europa. Europa se construyó para mantener la paz, pero sobre todo, se fundó sobre la justicia y el perdón. Al menos así lo creyeron sus fundadores. En los últimos 50 años los regímenes totalitarios o dictaduras han desaparecido y el mapa continental ha cambiado considerablemente. Ocho de los últimos doce estados miembros no eran independientes hace 50 años. Eslovenia, país independiente desde 1992, es presidente de turno de la UE. Y es que, al igual que el Parlamento, la historia de este continente demuestra que es increíblemente cambiante. En este aniversario nos sentimos orgullosos de ser partícipes de esta Europa en movimiento. Eso sí, tenemos el compromiso de trabajar para que, algún día, seamos protagonistas de ese cambio.

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