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José Luis Pasarín Aristi escritor y poeta

Escuelas de violentos

Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas» (Ché Guevara). «¿Del tirano? Del tirano/ Di todo, ¡di más!» (José Martí). Cito a estos dos personajes como introducción a algo o a casi todo de lo que nos esta pasando aquí, en este pueblo llamado Euskal Herria, y puede ser válido para todos esos pueblos sin estado que no tienen voz, ni voto ni libertad.

Pero ahora... ahora nos toca hablar de este país donde habitamos y al que queremos, donde la globalización y el imperialismo más rancio también nos tocan con sus tentáculos, uniéndose en esa misma fraseología de «democracias modernas»; algo bello dicho así, de una forma sibilina. «Democracias modernas» frente a los pueblos insolidarios que quieren poder ejercer un determinado proyecto independentista como supervivencia; decirlo de esta manera es la forma más sutil y engañosa; tal vez inventada por algún tirano neoliberal con problemas de conciencia o por algún capitalista de corte feudal con el fin de quedar bien y evitar poner en peligro sus amados euros camuflados con frases tan altisonantes como los «valores de la patria». Aunque ahora, al amparo del libre mercado, también surgen otros políticos de corte más europeísta y light reconvertidos a sus nuevos horarios y erarios desde sus poltronas. Nos dicen desde su confortable despacho que todo es posible con el diálogo, y yo, que soy así de inocente, casi llego a creérmelo, pero luego viene la otra realidad, la praxis diaria, y parece que el mundo se ha vuelto loco, que esta teoría dicha desde su minarete personal es mentira. Luego vienen los pacifistas y nos hablan de que sin violencia todo es posible, y yo, que no soy violento, me lo creo, y es aquí donde me armo el lío. No entiendo nada en estos tiempos que corren.

A esos pacifistas de nuevo cuño hay que preguntarles, ahora, cuando se encarcela a personas por reclamar la desobediencia civil o a representantes independentistas de un electorado consecuente con otra realidad, si Mahatma Gandhi era otro insurgente o un terrorista independentista cuando proponía la desobediencia civil y se reveló contra el imperio inglés. Dicen que hasta él tiraba piedras a los soldados ingleses cuando mataron a varios independentistas en una plaza de Nueva Delhi.

Pienso que esos pacifistas evitan ver un problema real que nada tiene que ver con la violencia, un electorado frustrado y amordazado con el encarcelamiento de sus ideas y alejados del discurso idealista del que cree (o creemos) en esa «Utopía» de Tomás Moro, desde una óptica diferente y un modelo socialista más justo y solidario, y esto tiene más razón de ser en esta «era de globalización» y de libre mercado.

Yo me pregunto si para estos pacifistas y buenos políticos (según ellos) que no dicen ni pío cuando se sigue encarcelando a personas por su acción política y pacifista, como puede ser la desobediencia civil o la lucha contra las centrales nucleares o los globalizadores que están destruyendo la Tierra, un proyecto político puede coincidir en muchas cosas con unas determinadas siglas, las que sean, pero no ser esas siglas. Parece que lo que verdaderamente molesta es el proyecto.

Las ideas no se pueden encarcelar por ser ideas, porque esto nos lleva a anular al ser humano y a unos derroteros donde el hombre y la mujer se convierten en antítesis de la democracia, lo cual lleva a que una parte más consciente de la sociedad se vuelva violenta y se rebele. Nos vendrán con mil milongas, pero nunca se podrán quitar las ideas cuando hay ansias de libertad por una parte de un pueblo.

Ala Conferencia Episcopal española y a los obispos vascos, con sus proclamas casi políticas (a pesar de las buenas cosas que se hayan hecho), les digo, desde mi atípica creencia cristiana, desde ese Cristo amante de los pobres en el que yo creo, ustedes, señores obispos, ¿están seguros de que no nos meterán también en la hoguera como hizo la Santa Inquisición en nombre de un Cristo justo que tendía puentes a los contrarios y al que precisamente crucificaron y mataron por unas monedas? ¿Nos meterán también en la hoguera como a Giordano Bruno, dominico de la filosofía aristotélica y la teología de Santo Tomás de Aquino, y estudioso del Universo, que fue condenado porque afirmaba entre otras cosas que el Sol era más grande que la Tierra y hablaba sobre los múltiples sistemas solares y sobre la infinitud del Universo? ¿O a prisión, como a Fray Luís de León, destacado humanista y escritor religioso de origen converso, encarcelado cuatro años por haber traducido el «Cantar de los Cantares»? Pero ¿qué cachondeo es éste, el de la jerarquía eclesiástica que nos marca unas pautas políticas? ¡Ay de vosotros, fariseos que habláis de amor, odiáis a una parte del prójimo y razonáis como políticos trasnochados! ¿Dónde queda eso de que vosotros sois únicamente Iglesia para ayudar a todo ser humano?

Lo grave de todo esto es lo que con frecuencia solemos oír en los púlpitos tertulianos más irreflexivos y de boca de los políticos más nacionalistas españoles que la violencia que hay en Euskal Herria y en el Estado español viene de las ikastolas, de una juventud fanatizada por el odio o por lo que sea. Cualquier adjetivo es válido para justificar lo que uno hace, precisan buscar epítetos demagógicos y morbosos a lo que está demandando la sociedad.

La violencia, por desgracia, es consustancial al ser humano: ha habido una violencia verbal y tribal por parte del poder, la sociedad y los imperios. La escuela de «violentos», vascos o no vascos, está en la insensatez humana, en la intransigencia prepotente de las parcelas del poder que no quieren dar ni agua a su imaginativo contrincante. Nadie quiere, por muy perverso que sea, matar a un semejante, excepto los que matan por placer o dinero. Hay que ver el mundo desde una óptica objetiva, por qué surge la insurgencia armada, cuáles son sus causas. Esto vale para cualquier país o pueblo del mundo; lo demás son palabras huecas, sin contenido real. La paz es posible cuando hay contenidos justos; eso es lo que hay que ver, eso es lo que tienen que ver los obispos, los políticos y esos reconvertidos de izquierdas que vuelan como buitres cuando ilegalizan a alguien o se presentan menos siglas a las elecciones.

Y yo me sigo preguntando: si a un proyecto político y a un derecho elemental de decidir como pueblo en democracia se le corta sus alas y se le amordaza dentro del llamado juego democrático, ¿qué hace -aun sabiendo que ese juego democrático no es real, ya que un pueblo o una nacionalidad no tiene unos mínimos mecanismos reales para llevar su proyecto adelante-? Es la lucha de David contra Goliat. Entonces, ¿qué les queda a sus gentes? Si sólo se puede hablar, pero no dar nada de lo que le corresponde al contrario, si se le pone contra la pared y el abismo como única alternativa, ¿dónde se fomenta la violencia? ¿A qué escuela van nuestros jóvenes y no tan jóvenes? Y me sigo preguntando si todos los políticos y pensadores que han alzado su voz y su ira causadas por su impotencia frente a la irracionalidad del gran poder han sido terroristas. ¿Y los que han actuado en los países del primer, segundo, tercer y cuarto mundo y no sé cuántos mundos más por conseguir parte de su libertad o independencia, como los militantes argelinos que lanzaban octavillas, escribían manifiestos, se manifestaban reivindicando su libertad frente a los pretorianos franceses, ¿eran terroristas?, a pesar de que había unos militantes armados. ¿Y los políticos nacionalistas irlandeses que lanzaban proclamas o los poetas y escritores William Butler Yeats y Augusta Gregory, que criticaban por medios impresos a los ingleses en una Irlanda que tenía también una organización armada clandestina, también eran terroristas? El español Gaspar Melchor de Jovellanos, escritor, jurista y político que luchó contra el imperialismo napoleónico, así como otros muchos líderes de todas las capas sociales que se revelaron contra Napoleón Bonaparte, ¿éstos también eran terroristas? Y los palestinos que informan al mundo con sus medios más rudimentarios de cómo están sus presos políticos, ¿son también terroristas?

Pero ¿cómo se puede hablar de no violencia si la sociedad es insolidaria y violenta porque así lo quieren las oligarquías reinantes y los usureros sociales? En esta sociedad clasista en la que estamos condenados a convivir todos, aunque cueste creerlo, entre la realización de macroproyectos industriales o económico-políticos, que son casi siempre los del más poderoso, y los derechos de las minorías hay un abismo, porque de nada sirve encerrar al mensajero, usar la paloma de la paz por bandera y luego la fuerza contra el otro. Si no hay justicia nunca podrá haber paz. Se podrá cercar la libertad, pero mientras haya hombres y mujeres libres, habrá pueblos libres.

Nos hablarán con palabras demagógicas de temas educacionales y de dónde están las escuelas de los violentos, y yo afirmo que la violencia viene por el mal uso que se hace de la razón y el abuso que se hace de la sinrazón y la fuerza. Ahí esta la escuela de los violentos.

Al oprimido, al paria, a quien han destruido la casa del padre, aún así, le queda la palabra, le queda la dignidad y su convicción de que en el mundo, ante los grandes vendavales, siempre se ha resistido porque se tiene razón, motivo y causa.

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