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Maite Ubiria Periodista

Jon en el banquillo

Es el «azote contra ETA», calificativo que le ha otorgado, intramuros, el aparato judicial español para ampararle de las pataditas por debajo de la mesa de la AVT. Baltasar Garzón Real ha puesto punto ¿y final? al macrosumario contra Batasuna. Y como todo vale a la hora de mostrar que hace tiempo que se cruzó la última raya roja, la que señala el límite de la racionalidad más elemental, el juez se descuelga con un más difícil todavía.

Ya no trata sólo de sentar en el banquillo a personas que incluían en su agenda diaria actividades tan sumamente peligrosas como presentar propuestas políticas a los ciudadanos, defenderlas en las instituciones o hacer valer iniciativas democráticas ante interlocutores del Gobierno español o en instancias internacionales. Ya no basta con procesar con el ánimo preciso de condenar el ejercicio político, es preciso saltar barreras. Por eso el magistrado se precipita auto en mano en el fatídico túnel y arranca de aquel haz de luz que asoma al fondo a un truhán que se abraza y hasta hace zirris con la muerte en una maniobra artera por escapar a los hierros de la Inquisición.

En esta era de la informática en la que con sólo teclear un nombre aparece la radiografía vital de cada cual, en estos tiempos en que nadie se escapa a la mirada del Gran Hermano, en esta Euskal Herria plagada de vigías, se me hace del todo incomprensible que el magistrado haya cometido un error al ratificar entre los procesados a Jon Idigoras Gerrikabeitia.

No es un fallo, no es un desliz, no es un duende que ha jugado una mala pasada, no es un descuido que atribuir a una funcionaria en excedencia. No es un resbalón, como no lo fue que el mismo magistrado empapelara post mortem en escritos precedentes a Argala, a Muguruza... Garzón no patina, porque asumir un error de tal calibre debería llevar a poner en cuarentena tanto éste como cualquier otro de los sumarios que ha instruido a las órdenes de un estado que ha sentenciado a muerte al pensamiento. El «azote de ETA» actúa de encargo, y busca un (otro) juicio histórico contra la izquierda abertzale. No yerra, claro que no; sólo confiesa, con cierta torpeza, un anhelo antes y hoy inalcanzable: dictar una condena póstuma al independentismo vasco que, para su desgracia, está tan vivo como el ejemplo militante de Jon Idigoras.

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