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Maite SOROA

Se lanza a degüello

Ahora se deshacen en elogios. Después de la trifulca que ha organizado, sus paladines salen a pecho descubierto a cantar las excelencias de la «popular» María San Gil. Hasta el punto de caer en el empalago más empalagoso.

Así lo hacía Santiago Abascal, parlamentario alavés del PP y columnista habitual de «El Semanal Digital», desde el título de su pieza: «María San Gil o la pureza de intenciones del PP». Iniciaba Abascal su columna con una máxima: «María, la secretaria de Gregorio Ordoñez, representa lo mejor de la política vasca, pero también lo más excepcional y preciado de la política española». Y que nadie lo ponga en duda.

Podría pensarse, incluso, que nos habla de la Virgen: «No hay en ella estrategia, ni cálculo, ni ambición, ni conspiraciones. Tampoco manos negras. María es sólo María, María es la encarnación de la sinceridad política, el mejor signo de la pureza de intenciones del Partido Popular». Pronto, en los altares, que nadie lo dude.

Ni Agustina de Aragón tuvo quien la glorificase con tanto empeño: «María no esconde ni sus intenciones ni sus convicciones. Todo en ella es la defensa de unos principios, unos valores y unos amores que se resumen en dos palabras: España y Libertad». Y al parecer a causa de tanta simpleza, la parlamentaria pepera resulta ininteligible «María es demasiado sencilla, terriblemente obvia, como para ser entendida por un alambicado intelectual, por una enciclopedia andante, por un engolado estratega». Ya empieza Abascal a faltarle al respeto a Rajoy.

Y le zurra de lo lindo, además: «Demasiado valiente, demasiado firme, demasiado auténtica, demasiado entregada -demasiado ejemplar, en suma-, como para no ser molesta, como para no ser envidiada eternamente por alguien tan carente de estatura política que nunca crecerá por muy alto que ahora crea estar». Para mí que lo de éstos no tienen arreglo. Se comerán hasta los higadillos.

Para finalizar, una despedida en loor de multitudes: «Pero el pueblo la quiere, la reconoce, la aplaude, la vitorea y la reclama (...)».

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