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El tenis de mesa chino «coloniza» otros países

Se llaman Miao Miao, Wu Xue o Liu Song y juegan al tenis de mesa, deporte rey en China, pero no han defendido los colores de su país natal en los Juegos Olímpicos, sino el de otros estados que les han acogido: la primera en Australia, la segunda en la República Dominicana, y el tercero en Argentina.

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Antonio BROTO

Son parte de la diáspora de tenistas de mesa chinos que juegan en clubes y selecciones de todo el mundo, sin discriminar a ninguna región: los hay en África, Europa, Oriente Medio, Latinoamérica y Oceanía. Muchos son fichados por clubes de esos países para impulsar el deporte en lugares donde está poco desarrollado, con el sueño de que un día alguno de ellos pueda acabar con el opresivo dominio chino en la disciplina, sólo amenazado ahora por algunos deportistas de las dos Coreas o los estados centroeuropeos.

El caso español es más patente. De los cinco representantes en Beijing, sólo uno, el madrileño Alfredo Carneros, es autóctono, mientras que tres son originarios de China -He Zhiwen, Shen Yanfei y Zhu Fang- y una quinta es la ucraniana Galyna Dvorak.

Paella, jamón, vino y playa

«Yo llegué a España para integrarme en un club de Cartagena. Vivo en Madrid con mi marido español y ahí sigo residiendo, aunque ahora juego en Alemania», relata Zhu Fang, nacida precisamente en Beijing y quien, pese a jugar «en casa», no contó con los ánimos de la normalmente apasionada grada. Y es que ése es quizás el precio a pagar por estos ex patriados, a quienes no se les vitorea con la energía que dedica a los ídolos locales Wang Hao o Ma Lin, pero también disfrutan de algunos caprichos en su nuevo hogar, como la paella, el jamón, el vino y la playa, reconoce Fang.

La presencia de tenistas de mesa chinos en otros países es semejante a la de los futbolistas brasileños en otras selecciones. Igual que hay un Marcos Senna en el fútbol español o un Mehmet Aurelio en el turco, se cuenta con «Juanito» He Zhiwen como destacada baza.

No son muchos los que siguen esta pauta en la modalidad masculina -9 de los 64 en el torneo individual-, donde tenistas de mesa europeos como el alemán Timo Boll todavía son dura competencia. Bien diferente al apartado femenino, en el que casi la tercera parte cumplen la condición de ser jugadoras de origen chino, pero representando a otros estados.

Algunas defienden banderas realmente exóticas, como la congolesa Yang Fen, la luxemburguesa Ni Xialian o la polaca Xu Jie. Yang, que perdió en su debut olímpico, habla de su curiosa experiencia, inversa a lo habitual, empezando como entrenadora y acabando como jugadora. «El nivel del tenis de mesa en el continente africano todavía no es muy bueno, y fuimos allí algunos deportisas chinos para elevar la calidad, mejorar la técnica y dar a conocer el deporte allí», explica.

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