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Maite SOROA

Otros veinte años de bombardeo

Ya han aprobado el contrato de arrendamiento de las Bardenas para otros veinte años. Tienen lo que querían y debieran darse por satisfechos, pero hay algo que les reconcome, alguna mala conciencia tal vez.

Así se entiende el editorial de ayer en «Diario de Navarra» que, contento porque la Junta de Bardenas aprobó el nuevo arrendamiento del polígono de tiro y deduciendo que «el dinero no parece decidir más que la voluntad popular», advertía que «la cuestión del polígono mantiene desde hace años una oposición con eslóganes pacifistas, en realidad más bien antimilitaristas, amalgamados con otros de tono vasquista». Ya mentó la bicha.

Lo que le molestaba al escribiente es que «es obvio que quienes piden la desaparición del polígono de tiro salen a la calle y a los caminos bardeneros mucho más que los que propugnan lo contrario, que no aparecen nunca». Y eso le lleva a la primera de las premisas: «A tenor de esas imágenes y manifestaciones, a los argumentos expuestos y las razones coreadas, la extinción del polígono militar sería forzosamente inmediata, porque la vida en los pueblos aledaños sumaría altos riesgos para personas y bienes, y el clamor popular exigiría el final de los vuelos y la recuperación civil del terreno». No se engañen, sólo era un trampolín para la segunda: «La verdad palmaria para cualquier observador objetivo resulta muy otra. En los pueblos no se ha vivido y no se vive ahora tal peligro, aunque la posibilidad de un accidente nunca desaparecerá». Ya se ha puesto la venda antes de la herida.

Lo que viene no tiene desperdicio: «es inimaginable que los ayuntamientos, de uno u otro signo, puedan decidir de espaldas a la voluntad mayoritaria y explícita de los vecinos y que éstos no se revuelvan». Pues resolver la duda es muy sencillo: que pregunten a los navarros.

Y, al final, el gran argumento: «La realidad es que unos pueblos se benefician de un dinero que de otra forma no ingresarían y a cambio de servidumbres y quebrantos asumibles. Cualquier aeropuerto es mucho más molesto y peligroso». Normal, pues, que Gayarre estuviera «satisfiecísimo» (sic).

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