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Raimundo Fitero

A escote

El asunto de la ausencia de publicidad en las cadenas de TVE es de capital importancia más allá de lo coyuntural. El porcentaje que se solicita a las cadenas televisivas privadas y a las operadoras de telefonía es una fórmula calcada de la tomada por Sarkozy en Francia, lo que sucede es que la coyuntura económica es tan mala que con el dinero que se aporte con esos porcentajes, dada la bajada escandalosa de ingresos publicitarios, no se puede mantener una televisión pública de calidad.

La decisión tomada por el gobierno de ZP abre un abanico de probabilidades futuras que nadie es capaz de vaticinar en estos momentos. Lo primero son las preguntas básicas, ¿afectará esta nueva ley en ciernes de ausencia de publicidad a todas las televisiones institucionales, es decir a las autonómicas? No es fácil contestar sin atender a los estatutos de cada lugar, de cada ente, de cada circunstancia y de sus capacidades demográficas y económicas además de sus singularidades lingüísticas y otros flecos de índole político que afectarán a los responsables de cada territorio.

Ahora mismo se presenta esta acción del gobierno como una manera de ayudar a las privadas, que ya recibieron una ayuda previa con el decreto que les permite fusionarse y permutarse capitales. La situación puede cambiar de tal manera que resulta impredecible dibujar el mapa televisivo toda vez que en un año tenemos apagón analógico que también repercutirá en todo esto y veremos hacia dónde se pueden dirigir las audiencias, y si las públicas no deben estar pendientes de los resultados de Sofres para atender los compromisos publicitarios, ¿harán mejor televisión o se dejarán ir hasta llevarla al testimonialismo que en este negocio es que su audiencia sea mínima?

Lo único cierto y que se debe aprovechar y hasta exigir es que se haga desde una idea de servicio público, o sea, que se acabaron las mamarrachas de Flo y Yuste y cosas por el estilo. Habrá que abrir un debate bien profundo para saber hacia dónde se pueden encaminar para que si al final debemos pagarla a escote, es decir desde el presupuesto, lo hagamos sin que se nos apodere el imperioso deseo de la insumisión.

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