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La difícil defensa del caballo a dos patas

Iratxe FRESNEDA | Periodista y profesora de Comunicación Audiovisual

Es difícil defender a los perdedores. Situarse a su lado no suele traer como consecuencia un mayor grado de aceptación social, más bien al contrario. Desde que el cine es cine, se han filmado mejores y peores películas, apuestas radicales, conservadoras propuestas en busca del respaldo del público, despropósitos o pequeños milagros del celuloide... Y, a pesar de que el tiempo suele dotar de valor a algunos proyectos, no siempre es así, y algunos filmes caen en el olvido más injustificado. Creo en el riesgo, en el intento; sin ellos no se logra avanzar o sorprender. Y si bien es cierto que siguiendo ambos senderos, los resultados del viaje no tienen porqué ser siempre los deseados, se hace camino al andar. Precisamente a Samira Makhmalbaf le queda mucho camino que recorrer y no lo tiene del todo fácil. El pasado año recibió en Donostia el Premio Especial del Jurado por la cinta «El caballo de dos piernas» y, la verdad, la acogida no fue del todo «calurosa».

«La sicología del poder dice que, si el opresor es sádico, el oprimido acabará siendo masoquista», recogía Samira Makhmalbaf en su dossier de prensa. Y eso es precisamente el quid de la cuestión. Vernos reflejados en ciertas actitudes hace que no nos gustemos ante el espejo, como resultado lo negamos todo, cualquier similitud, cualquier implicación, cualquier atisbo de talento. Así actuaron algunos periodistas ante la joven realizadora iraní con la que Goddard se deshace en halagos (algo que no la exime de ningún «pecado» y que incluso puede perjudicar su imagen...). La culparon, entre otras cosas, de vampirizar a dos niños para crear sentimientos de lástima. Y, si es verdad que el sadismo existe en la cinta, también lo hay en que a un niño le sean arrancadas las dos piernas, y esto es parte de la realidad en la que vivimos, nada que ver con la ficción. Pero no nos gusta ver a un mutilado en el cine y, menos, si se trata de un niño.

Difícil cuestión ésta la de manipulación de las personas. Tan difícil como saber cuál es el límite, el límite de Occidente al imponer su versión de la historia, la forma de mirar la vida y la de hacer cine. Eran otros tiempos, cuando Europa proclamaba la calle como territorio liberado para hacer películas, ahora las calles son demasiado aburridas para encontrar historias, o quizás nos cueste verlas, porque haberlas haylas, alegres y tristes, poéticas y sádicas, como la que cuenta Samira. Es difícil ser valiente, Samira parece serlo.

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