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Anjel ORDÓÑEZ I Periodista

Robar en los tiempos de crisis

Ya no hay sobres de jamón en el supermercado de mi pueblo. Ni tampoco de salchichón. En su lugar han puesto brillantes fotografías de la chacina. Muy poco apetitosas, para ser sincero. El novedoso sistema consiste en que tú pillas la fotocopia, la metes en el carro y a la salida te la cambian por el jamón de verdad, previo religioso pago, huelga decirlo. Ya sabrán o se imaginarán ustedes que semejante circunloquio comercial no se debe a ninguna revolucionaria teoría del marketing moderno, sino a la enésima estrategia de la empresa intermediaria para evitar los hurtos. Dicen las estadísticas que con el avance de la crisis los robos de comida y artículos de primera necesidad en los centros comerciales se han multiplicado por cinco. Las gracias -las putas gracias- del neoliberalismo avaricioso y aniquilador han terminado por borrar cualquier perfil predeterminado del ratero. Hoy en día, a poco que falle la suerte, cualquiera puede verse con una bandeja de muslos de pollo entre los pliegues del abrigo. Ya se sabe que la necesidad no hace distingos, y que el hambre diluye vergüenzas.

Resulta paradójico que una de las primeras víctimas de esta crisis de origen financiero-artificial, pero de consecuencias muy reales, haya sido el buque insignia del neoliberalismo: el sírvase-usted-mismo de los supermercados, la tentación consumista por excelencia de la cabecera de estantería y sus ofertas. Pronto habrá más vigilantes que cajeros o reponedores, y el gasto en sistemas de alarma será igual o superior al del producto que se quiere proteger de la hambrienta chusma.

Pero algo me hace barruntar que, en todo caso, éstos nunca perderán. Como mucho, empatan. Como buenos intermediarios que son, no me cabe duda de que tratarán de repercutir el costo de la crisis a golpe de ventilador y al final el gasto extra de todas estas zarandajas terminarán por pagarlo, sobre todo, los consumidores en los precios. Una pescadilla que se muerde la cola, pero siempre detrás de una cristalera de metacrilato, no sea que aparezca un zarrapastroso y se la lleve directa a la cazuela sin pasar por la casilla de salida.

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