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Sebastopol es el símbolo acabado de los históricos intereses rusos en Ucrania

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Ania TSUKANOVA|

Los barcos de guerra rusos echan el ancla y la lengua de Pushkin eclipsa al ucraniano. Y es que Sebastopol simboliza de forma extrema los intereses rusos en Ucrania.

Fundado en 1783 como puerto de atraque de la flota rusa, la ciudad fue, junto al resto de la península de Crimea, adjudicada a Ucrania, por aquel entonces república soviética, en 1954, en pleno deshielo de Jrushev.

La región continuó formando parte de Ucrania tras el hundimiento de la URSS, «un error histórico» para muchos de sus habitantes, que siguen sintiéndose más cerca de Moscú que de Kiev, capital ucraniana.

En Sebastopol, la bandera rusa es, por lo menos, tan visible como la enseña ucraniana.

En la ensenada del puerto, los navíos rusos fondean con los de la flota ucraniana en virtud de un acuerdo que expira en 2017. Pero muchos son incapaces de imaginar el futuro de esta ciudad sin los rusos.

Tel Grigori, marinero ucraniano sobre un barco hidrográfico ruso: «Sin la flota rusa no habría nada que hacer aquí». No en vano recuerda que él mismo gana cuatro veces más con los rusos que lo que recibía de la Marina ucraniana.

Otros no se muestran tan satisfechos. «Esta presencia rusa es un elemento desestabilizador que alimenta las ansias separatistas (de Crimea). Se sienten protegidos», asegura un alto responsable regional que pide mantener el anonimato.

En una plaza céntrica de Sebastopol destaca un imponente inmueble. «Casa de Moscú», anuncia con grandes letras rojas la fachada. «Centro cultural y de negocios», precisa un pequeño cartel a la entrada.

El edificio fue construido a iniciativa del alcalde de Moscú, Yuri Luzkov, que tiene prohibido entrar en Ucrania después de que apelara al retorno de Sebastopol bajó la égida rusa.

En el hall, fotografías del máximo edil moscovita junto a otras del diputado hegemonista ruso Konstantin Zatuline, igualmente persona non grata en Ucrania, quien ha instalado una antena de su Instituto de los países de la CEI (ex repúblicas soviéticas a excepción de los países bálticos) en el primer piso.

«Nuestras actividades no tienen ningún componente político», asegura el director de comunicación de la Casa de Moscú, Kirill Somov. El centro de dedica preferentemente «a promover el uso del ruso», que ha eclipsado de largo al ucraniano en la región pese a los insistentes esfuerzos de Kiev.

Ucraniano: «jojol»

«Está escrito en jojol (sobrenombre peyorativo del ucraniano)», se queja una vecina al descubrir la etiqueta de un medi- camento recientemente adquirido en la farmacia.

Al lado, en un muelle, varios guías invitan a los turistas a una excursión marítima. Preguntados sobre si ofertan excursiones en ucraniano, una de ellas abre los ojos como platos. «Pero si la gente con educación entiende el ruso...», insiste.

Tras 300 años de historia común, «Moscú se resiste a admitir la idea de que Ucrania se ha convertido en un Estado independiente», destaca Fiodor Lukianov, redactor jefe de la revista Rusia en los asuntos mundia- les, que se edita en Moscú. Y es que, como recuerda, «una parte intrínseca de la historia rusa está ligada a lo que actualmente es Ucrania, comenzando por el nacimiento del Estado ruso y su cristianización».

«Rusia aspira a preservar la lealtad de la población y de sus dirigentes. Y, claro, le gustaría seguir en Sebastopol durante siglos», sentencia Vladimir Kornilov, director del Instituto de países de la CEI en Kiev.

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