GARA > Idatzia > Eguneko gaiak

DÉCIMO AÑO DE GUERRA AFGANA (V)

Ley y orden social en «Sobornistán»

Puerta a la opulencia para unos pocos, pura supervivencia para la mayoría, la corrupción constituye la mayor preocupación del pueblo afgano por delante de la guerra y la pobreza.

p004_f01.jpg

Karlos ZURUTUZA

Saltarse tediosa cola para facturar en el aeropuerto: 300 afganis (5 euros); agilizar los trámites para la obtención del pasaporte: 1.000 afganis; vender bisutería en la calle sin que te moleste la policía: 2.000 afganis/mes; adjudicar un contrato a ésta o aquella empresa de construcción: entre 50.000 y 100.000 dólares...Vivir en Afganistán sí tiene precio: sólo en 2009, los afganos pagaron 2,5 billones de dólares en sobornos, el equivalente al 23% de su producto interior bruto o, lo que es lo mismo, al de los beneficios obtenidos por el tráfico de opio el pasado año. Estos son los demoledores datos que aporta un reciente estudio elaborado este año por la UNODC (Oficina para el Crimen y la Corrupción de Naciones Unidas). Pero basta con acercarse a la cola de cualquier edificio gubernamental para ser testigo directo de un hábito practicado con total impunidad.

En el Ministerio de Educación, el joven Zafar espera paciente a recoger su certificado escolar para matricularse en la universidad.

«Ése que ves ahí delante trabaja a comisión junto con uno de los funcionarios de dentro. Por 50 dólares te consigue el documento firmado para mañana. Yo tendré que pasarme días en distintas colas y esperar entre tres semanas y un mes, como poco», dice este preuniversitario de Kabul.

«El mío es un trabajo como otro cualquiera, simplemente ofrezco un servicio para agilizar los trámites burocráticos. Aquí nadie obliga a nadie a pagar», se defiende el «empleado a comisión» ante la mirada resignada de la fila frente a él.

Abdullah Aziz, padre de un futuro estudiante de medicina en la Universidad de Kabul, es uno de los dispuestos a pagar por los servicios del «agilizador».

«El problema radica en el salario del funcionario compinchado con este señor. Con los 200 dólares que cobrará al mes apenas le dará para vivir. Y también tiene que pagar sobornos, como todos», explica este antiguo profesor de secundaria. Abdullah Aziz dirige hoy una empresa de transporte que hace la ruta Kabul-Jalalabad. «Cada inspección anual de tráfico a mis dos camiones me cuesta entre 1.000 y 1..500 dólares en sobornos», dice el empresario. Recuerda que la única forma de sobrevivir como enseñante era «vendiendo aprobados».

Abogados y jueces

La justicia afgana tampoco se libra. Hamid Rahman, abogado de Herat, apenas tiene clientes: «Nos vemos obligados a subir nuestras tarifas porque parte de nuestro trabajo consiste en sobornar a la administración. Los trámites se demoran deliberadamente hasta que no queda más remedio que pagar para obtener la documentación. Sin ir más lejos, un cliente me dijo el mes pasado que le salía más barato «comprar» al juez que pagarme a mí».

Pero los límites de «Sobornistán» se extienden mucho más allá de los núcleos urbanos. Haji Muhammad, granjero de Kang (Nimroz) ha de pagar entre 30 y 50 dólares mensuales extras (dependiendo de la estación del año) para poder regar sus campos.

«Dicen que la sequía de Nimroz es la causa de que muchos se hayan largado pero lo cierto es que aquí hay pozos subterráneos que no se explotan; resulta mucho más provechoso obligarnos a pagar por el agua canalizada desde el río Helmand», asegura este campesino de la provincia más alejada de Kabul. «Me gustaría marcharme pero, ¿a dónde? Será igual en todas partes», se queja impotente.

Albóndigas y amapolas

La escasez de infraestructuras a la que hace mención este campesino no es más que otro campo abonado para la corrupción. Desde la invasión del país en 2001, Washington ha destinado 50.000 millones de dólares «para reconstrucción». Pero la mayor parte de ese dinero se desvanece en un complejo y oscuro juego de contratos y subcontratos por lo que la cantidad final para construir colegios carreteras u hospitales que no se «desintegren» a los pocos meses es insuficiente, cuando no inexistente.

La corrupción es endémica a todos los estratos del tejido social afgano. El ex ministro de Minas, Mohammad Ibrahim Adel, adjudicó una mina de cobre a China a cambio de 30 millones de dólares. Pero quizás el que más sabe de todas estas prácticas es Ahmed Wali Karzai, el hermano del presidente. Tras pasar años haciendo albóndigas en uno de los restaurantes de su tío en Chicago, hoy es el dueño de un emporio comercial y financiero en su Kandahar natal. Entre otras cosas, se le acusa de ser el mayor narcotraficante del país; de incautarles el agua a los grupos tribales del lugar; de cobrar jugosas comisiones por permitir el paso de grandes cargamentos de opio y de financiar grupos paramilitares para la lucha con los talibán, esto último con el dinero de la CIA. Si bien ha negado repetidamente haber recibido ninguna cantidad de la inteligencia USA, Wali Karzai asegura «colaborar con la agencia» desde hace años. Su hermano mayor (el presidente), lo defiende a la vez que se atreve con declaraciones del tipo: «La corrupción está destruyendo al país...»

El pasado mes de octubre se descubrió que Kabul recibía millones de dólares del vecino iraní. «Es todo transparente, el dinero llega en bolsas y ya se lo comuniqué en su día a (el ex presidente de EEUU) George Bush», argumentó Karzai sin pestañear. La noticia no pilló a nadie por sorpresa.

Y es que aquí todos pagan.

La corrupción afgana en datos de Naciones Unidas

Según el último informe de la ONU, la corrupción constituye la mayor de las preocupaciones para el 59% de los afganos, seguida de la inseguridad (54%) y el desempleo (52%). Uno de cada dos afganos ha pagado sobornos a algún representante gubernamental este año. Tres de cada cuatro sobornos se pagarían en metálico, siendo la cantidad media anual de 160$ (renta per capita, 425$). El 25% de los afganos ha pagado sobornos a oficiales de Policía; el 18%, a un juez y el 13%, a un abogado o fiscal. El tráfico de drogas y el pago de sobornos constituyen la mitad del Producto Interior Bruto del país.

Mientras que en muchos países dónde la prensa funciona como vigilante de una gestión transparente, éste no parece ser el caso de Afganistán. El 43% de la población urbana critica que la prensa local raramente denuncia los casos de corrupción. En el sur del país, la proporción alcanza los dos tercios. K.ZURUTUZA

Imprimatu 
Gehitu artikuloa: Delicious Zabaldu
Igo