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Experiencia estética y gestión del espectáculo

Manifesta 8, el nuevo el dorado

Colonialismo cultural, ingeniería del compromiso social a través del arte y cinismo para la redención. Reveladores e inquietantes ingredientes del vídeo «El Nuevo El Dorado» que los artistas ingleses Common Culture han producido en el marco de la Manifesta 8 de Murcia. Una sátira del contexto artístico del que participa, que resulta un triple salto mortal intelectual.

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Saioa OLMO

Esto es impresionante» (subtitulado «This is spectacular») es la primera frase que oímos a una de las dos personas que se encuentran contemplando una idílica puesta de sol sobre el mar, extasiadas por la belleza de la escena aunque taciturnas. «¿Pero no era esto lo que buscabas?», le pregunta él. «Ahora ya no lo sé», le responde ella. La pareja no está sola y cuando se abre el encuadre de la cámara resulta que las cosas no son exactamente lo que parecían. Nos percatamos de que la romántica escena se está dando en un plató de grabación, que los personajes están en realidad observando la proyección de la imagen de un paisaje sobre un fondo, y que en vez de reclinados en un paraje natural están sentados encima de una mesa de oficina. A su derecha, vemos a un grupo de administrativas atareadas con labores de gestión. A su izquierda, un trío de actores con pinta de haber salido de un guateque de los años 70. En un plano aparte y de perfil, un narrador, vestido con el típico traje occidental y hablando en inglés, a diferencia de todo el resto de conversaciones que transcurren en castellano. También hay un fuera de campo, el del equipo de producción local,al que no vemos pero es aludido durante la acción y sabemos que graba bajo las indicaciones de los artistas.

El narrador está a punto de pasar a primer plano y tomar la palabra, pero detengámonos antes en ampliar un poco más el ángulo de visión. Se trata ésta de una producción audiovisual hecha con motivo de la Bienal Europea de Arte Contemporáneo Manifesta, que en su 8ª edición se está celebrando en Murcia y usa como leitmotiv «en diálogo con el norte de África». Los artistas Common Culture (David Campbell, Mark Durden e Ian Brown) han realizado esta obra bajo encargo de ACAF, uno de los tres grupos de comisarios de la muestra, conocedores de la línea de trabajo de los artistas, que cuentan con obras recientes en las que también hacen uso de un tono irónico-cómico para aludir a las relaciones de poder generadas en base al consumo y la mercantilización del arte.

En «El Nuevo El Dorado», tres actores aparecen charlando en un supuesto ambiente de discoteca, y en sus conversaciones van lanzándose insinuaciones indirectas sobre el papel que un evento artístico, en abstracto, puede jugar respecto al turismo cultural, al branding de lugar y en relación a la población local del contexto en el que se genera, así como con el rol que juegan los propios artistas en todo esto.

El título «El Nuevo El Dorado» es ya una declaración de intenciones en sí mismo: aludir al colonialismo cultural mediante el símil con las expediciones que conquistadores españoles e ingleses organizaron por la selva amazónica en busca de este lugar mítico de grandes reservas de oro. En aquella época, expediciones en busca del codiciado metal. En la nuestra, «una nación de zombies ambulantes que se abalanza sobre ti para devorar nuevas experiencias». En ambos casos, antes y ahora, una doble explotación: económica y cultural.

¿No estaremos participando en una reflexión eurocéntrica más que, bajo una pretendida actitud de intercambio dialógico, lo que realmente hace es reafirmar una hegemonía cultural? El quid de la cuestión suele estar en quién sujeta la cámara, dice uno de los personajes. Quizás debamos mirar también hacia la parte de la escena reservada a la gestión cultural.

«Su sinceridad me tiene harto», declara el actor dirigiendo la vista hacia las personas situadas en el lado de las cámaras. La sinceridad con la que el guión aborda temas comprometidos y que él se ve obligado a interpretar. Una sinceridad que como público te cautiva y que, al no nominalizar, no marca una dirección única de interpretación, quedando en tus manos el trazar identificaciones con el contexto.

Una de estas patatas calientes que se saca a colación es la cuestión del compromiso social a través del arte, que inscribiéndose la producción dentro de un macroevento bajo el lema «en diálogo con el norte de África» adquiere tintes de ingeniería sociocultural. «Lo que pasa es que nosotros somos más baratos», «tú limítate a hacerlo bien», «no parecen estar mezclándose o intentado socializarse con el resto de la gente», «sus pies están ayudando a sostener la economía regional del norte de Italia», «yo siempre he querido lanzarme en paracaídas»... El artista nómada internacional como una especie de paracaidista cultural, del que en ocasiones se espera un compromiso con la realidad local, careciendo incluso de herramientas como el propio idioma. La cultura, pero también el compromiso social, burocratizada, gestionada y empaquetada para matar varios pájaros de un tiro: generar dinero para la economía local, sosiego para las conciencias y goce estético. «Exhibiciones y casinos son la misma cosa, patios de recreo de la burguesía».

El arte como «gran redentor». Los creadores de «El Nuevo El Dorado» hacen gala de hiperrealismo, supraconsciencia y gran capacidad de análisis sobre la realidad, y nos la ofrecen en forma de sátira.

No hay ingenuidad ni idealismo esperanzado. Y el cinismo también parece una mala coartada, inoperante cuando menos. «Smell the coffee», le increpa un actor a otro. Es la única frase de sus diálogos que no se ha traducido al castellano y cuyo significado es justamente «toma cartas en el asunto, mójate». A lo más, mojarse con el cóctel que sujetan en sus manos, mientras nos ofrecen esta entretenida contienda.

Finalmente, desaparecen del escenario los actores principales. Queda la maquinaria burocrática, el par de personas que se resiste a dejar de otear el horizonte estético y un narrador dispuesto a comentar desde una distancia crítica aquello que el foco tenga a bien iluminar. El equipo de producción local habrá sido pagado; el teatro, utilizado, y el público que hemos asistido a la escaramuza nos volvemos a nuestras casas, con una experiencia más, unos cuantos euros menos y las ganas de escribir un artículo de reflexión.

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