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Patxi Zamora Periodista

Independencia de la España idiota

La situación de idiocia, en su sentido etimológico, en que, según Zamora, se encuentra la mayor parte de la sociedad en el Estado español, supone un argumento para reforzar la apuesta por el independentismo vasco. Tras exponer el origen de esa situación, con un proceso de represión salvaje y una manipulación histórico-política sin parangón, analiza sus consecuencias: por un lado, la derecha negacionista y la jerarquía eclesiástica justificaron el golpe fascista del 36 y, por otro, la llamada izquierda española se plegó al neoliberalismo, privilegió a la Iglesia católica, practicó el terrorismo de Estado y amparó la tortura. Así se promocionó el idiotismo y la independencia es el modo de huir de él.

La mayoría de la izquierda en Hego Euskal Herria apuesta por la independencia como paso previo, necesario, para la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Desde luego no lo hace bajo la premisa de un RH diferente, tampoco se remite sólo a criterios historicistas y está en las antípodas de las reaccionarias propuestas del carlismo. Reclama la independencia ciñéndose a la voluntad de la actual ciudadanía, a la que se deberá consultar para que ejerza su derecho a la autodeterminación. Esta apuesta plural e, insisto, de izquierdas (porque la derecha, especialmente la local, UPN-PNV, jamás ha querido depositar la confianza en su propio pueblo y siempre ha preferido apoyar a quienes lo oprimen, para salvaguardar sus intereses socioeconómicos), debe ser lo suficientemente inteligente como para agrandar su ya enorme potencial hacia quienes dudan, temen o desconfían del concepto de independencia. De ahí que sea preciso dejar claro que no se trata de una opción nacionalista ni sectaria y que, parafraseando al subcomandante Marcos, se apoya en una identidad colectiva que no es un simple legado que se hereda, sino una imagen que se construye, que cada pueblo se crea, que es variable y cambiante según las necesidades históricas. La más urgente, acabar con años de enfrentamiento armado y allanar el camino para una nueva manera de confrontar democráticamente los distintos proyectos políticos.

Uno de los argumentos para reforzar la apuesta por el independentismo es la situación del Estado español, inmerso desde hace siglos en la idiocia, acentuada en los últimos tiempos. «Idiota», del griego idiotes, era en la Grecia clásica aquel ciudadano que estaba voluntaria y egoístamente al margen de los asuntos públicos. Euskal Herria no se ha librado de esta pandemia, pero es obvio que el movimiento popular y la resistencia contra la represión han creado un caldo de cultivo que, de entrada, ha politizado e implicado en mayor medida a la ciudadanía. En el Estado español la mayoría de la sociedad está fuera del juego participativo y engulle el mensaje nacionalista español del poder establecido sin decir ni mu.

Esta situación no es improvisada, resulta de un proceso de represión salvaje y de una manipulación histórico-política sin parangón que refleja, en los siguientes ejemplos, sin conexión aparente, el presente y, si no cambian las cosas, el futuro de este Estado español: los 40 años de franquismo empezaron fusilando e inhabilitando maestros y enviando al exilio a más de 200 de los aproximadamente 500 catedráticos que existían, dejando yermo el sistema educativo. El régimen fue aceptado por la ONU (a cambio de aceptar también a Mongolia, del lado soviético) en 1955, tras la instalación de bases militares de EEUU en suelo «nacional», evidenciando cuál era la apuesta del franquismo en política internacional. El generalísimo (es el término del rango militar más alto y en la historia sólo ha habido tres: Godoy, Espartero y Franco) era paseado bajo palio de la Iglesia católica y ungido de poder divino para practicar un genocidio contra decenas de miles de personas. Quienes fueron torturadores en el año 1970 pasaron a la democracia española como si aquello no hubiera existido, sin reproche social alguno.

Y de aquellos barros, los lodos actuales: los negacionistas (UPN, PP y los portavoces de la Iglesia católica, o sea un notable sector de la sociedad) siguen hablando de acto contrarrevolucionario para referirse al golpe de Estado fascista y, ejemplo del ambiente que todavía se vive en el Estado español, 36 años después de la muerte de Franco ni uno solo de los 82 magistrados del Tribunal Supremo español acudió a la presentación del libro de homenaje a quien fuera presidente de dicho tribunal durante los tres años de aquella guerra, Mariano Gómez, quien murió en el exilio sin recursos ni reconocimiento alguno, víctima de esa España de la que la izquierda vasca quiere independizarse. También pretende hacerlo a causa de esa izquierda española que renunció al marxismo para privatizar bienes públicos, bajar los impuestos a los más pudientes, firmar un humillante Concordato con la Iglesia católica, comprometerse con el terrorismo de Estado, amparar la tortura, impulsar la Ley de Partidos e incluso corresponsabilizarse de promocionar la telebasura para agravar el idiotismo existente.

La isquemia política del nacionalismo español, de los negacionistas del PP y de la izquierda trucada del PSOE han provocado que el Estado español tenga el doble de paro y de temporalidad que la UE, se haya convertido en el que más billetes de 500 euros (dinero negro) posee y en el que mejor paga a los altos directivos, aunque el salario medio de los ciudadanos españoles sea la mitad que el de los de Holanda o Alemania. Los defensores de la reforma con el franquismo han convertido el viejo imperio español en el país con más desigualdades del continente. Los mismos defensores de la transición, definida por Bergamín como «muerto el perro (Franco), se murió el perro, pero no la rabia», han sido expertos, por acción u omisión, en manipulación mediática para ahondar en la enfermedad política de su ciudadanía, distrayendo sobre lo importante con cuestiones insignificantes, potenciando la mediocridad y creando problemas y soluciones para que aceptemos sin rechistar «males necesarios» (por ejemplo la crisis económica y la aceptación como inevitable de la pérdida de derechos sociales y la venta en oferta de la propiedad pública, sea AENA o las cajas de ahorros).

Independencia para evitar a quienes, como en la tercera de «Abc», dicen que «la unidad de España no es sólo un bien político, sino también un bien moral, por lo que el principal problema de España es su vertebración, su ser como nación...» y también para huir de la atrofia política de un Estado sitiado por Belén Esteban, la duquesa de Alba o la «borbonada» del momento. Independencia para no sepultar la memoria en los posos del olvido y recuperar la utopía para una sociedad más democrática por participativa, con movimientos e iniciativas sociales que empujen y den contenido político a la nueva república vasca.

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