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Ameer Majul, ejemplo de la persecución de los palestinos en el interior del Estado de Israel

Ameer Majul, ex director de Ittijah, la coordinadora de ONG palestinas en el interior de Israel, ha sido sentenciado a nueve años de cárcel. El 30 de enero se conoció una sentencia que llega después de que Majul se viera obligado a pactar con la Fiscalía y reconocer que espió para Hizbullah. Con su sentencia, el activista se convierte en uno de los símbolos de la persecución de los palestinos dentro de Israel.

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Alberto PRADILLA

No existía otra opción. Si no hubiese aceptado el acuerdo podría haber sido condenado a cadena perpetua», explica su mujer, Janan Abdu, que se ha convertido en una persona muy conocida en círculos internacionales. Incluso, Amnesty International ha mostrado su preocupación por la situación de Majul. No en vano, hasta el momento de su arresto estaba dedicado a denunciar las desigualdades sociales que padecen los palestinos en el interior de Israel y a desarrollar programas de desarrollo para la comunidad autóctona, además de promover la recuperación de su cultura seis décadas después de la Nakba [la Catástrofe, que es como los palestinos conocen la creación del Estado judío].

En enero de 2010, Ameer Majul ya sabía que pintaban bastos para los palestinos dentro de Israel. La llegada al poder de Benjamin Netanyahu (Likud) un año antes, apoyado por los ultraderechistas de Israel Beitenu y el Shas, abrió una etapa negra para el millón y medio de árabes con pasaporte israelí. Lo que Majul no intuía era que él mismo se convertiría en una víctima de la persecución política de Tel Aviv.

Su calvario comenzó el 6 de mayo de 2010, cuando fue detenido en su domicilio de Haifa, en el norte de Israel. Ese día se abrió un largo proceso lleno de irregularidades que no han hecho sino evidenciar el carácter político de su encarcelamiento. El primer paso: la tortura. «Los primeros doce días se mantuvo en unas condiciones muy duras. No tenía permiso para estar con sus abogados, nadie sabía cómo estaba. De hecho, le trasladaban al tribunal pero tenía prohibido escuchar qué se decía. Durante estas jornadas llegó a permanecer 62 horas sin dormir», denuncia Abdu. Durante este tiempo, Israel no permitió que un médico de confianza visitase a Majul, quien ni siquiera tuvo oportunidad de hablar con sus abogados.

Finalmente, el activista palestino pudo conocer los cargos que se le imputaban: espiar para Hizbullah. Una acusación que negó tajantemente en su primera declaración ante el tribunal de Petah Kitva.

Ante la firmeza de Majul, los miembros del Shabak (servicios de seguridad israelíes) cambiaron de estrategia. Tenían que obligarle a confesar una acusación que, tal y como indica Abdu, no podía tener credibilidad. «¿A qué tipo de secretos podíamos acceder como ciudadanos palestinos en Israel? ¡No tenemos manera de acceder a esta información! ¡Es imposible!», asegura.

Y está en lo cierto. Porque, desde su constitución en el año 1948, Israel ha vetado el acceso de los ciudadanos palestinos a puestos sensibles. De hecho, ni siquiera realizan el servicio militar en el que sí que toman parte el resto de ciudadanos del Estado de Israel. En este sentido, Abdu llama la atención sobre la diferencia existente entre los grandes titulares de «espionaje» que encabezan los sumarios y los datos que supuestamente facilitó Majul a Hizbullah. «Toda la información que dicen que pasó está en internet, no hay nada que pueda poner en riesgo al Estado», explica.

La sentencia ya estaba escrita

Pero la sentencia ya estaba escrita. Tenía que ser condenado. Así que los investigadores recurrieron al segundo paso: el chantaje. «Para ellos era muy importante que Ameer se declarase culpable, porque se estaba extendiendo la idea de que era persecución política. Por eso le ofrecieron el trato», indica Janan Abud. La disyuntiva era compleja. Si asumía su culpabilidad sería condenado a un máximo de diez años.

En caso contrario, se enfrentaba a la posibilidad de ser sentenciado de por vida. Teniendo en cuenta los antecedentes (de los más de 600 palestinos que habían pasado por ese tribunal, ninguno logró ser declarado inocente, según datos de organizaciones israelíes como B´tselem o Hamoked), Majul se vio obligado a aceptar. Como relata Abdu, «la situación era muy dura. No teníamos otra opción. Si no aceptaba el trato podía haber sido condenado a cadena perpetua».

De este modo, Ameer Majul pasó de ser un activista pro derechos humanos a engrosar la lista con más de 8.000 nombres que componen el grueso de los presos políticos palestinos (procedentes de uno y otro lado del muro) en Israel. Un colectivo que, según denuncia Janan Abdu, sufre el olvido de la comunidad internacional. «Todo el mundo recuerda quién es Gilad Shalit (soldado israelí capturado en Gaza desde 2006) pero nadie se preocupa de las condiciones de vida de los presos políticos palestinos», recuerda amargamente.

Actualmente, Majul se encuentra encarcelado en la prisión de Gilboa, en el sur de Israel. Y está previsto que permanezca ahí durante los próximos nueve años, después de que el tribunal del distrito de Haifa confirmase su pena. «A pesar de la dura situación que tiene que padecer en prisión, Ameer se encuentra bien», asegura Janan Abdu, en conversación telefónica.

«Está atento a las noticias que llegan desde Egipto o Túnez y le hacen sentir bien, eso demuestra que ningún régimen colonial y no democrático se mantiene para siempre». Por eso, Abdu apela a la movilización internacional para denunciar «el racismo» de un Estado, el israelí, que observa con temor los cambios que se producen en los países vecinos. Y que ha reaccionado con virulencia ante las demandas de cambio de la minoría palestina.

 

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