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Antonio Alvarez-Solís Periodista

Los frutos de la tempestad

El gobernador del Banco de España, el francotirador Sr. Fernández Ordóñez, ha decidido despojarse del pijama socialista y mostrarse desnudo en el balcón del orden. Y así ha declarado que el drama del paro no tiene otra salida que «eliminar todos los obstáculos» para contratar. Escuchen bien: «todos». Se trata, pues, de que los empresarios se liberen del grillete de la ley, más o menos social, y brinden trabajo al precio que crean, por el tiempo que deseen y con la libertad que estimen pertinente. Base para solicitar tan radical cambio legislativo: la obtención de beneficios por la única vía que al parecer ya resulta transitable para la empresa, que es la compraventa en mercado bárbaro del capital humano, convertido en mercancía inerte. De esta forma, subraya el gobernador, trasladado en espíritu a las viejas colonias, los empleos fluirán como el agua del pantano sin compuertas, se proyectarán como un rayo que abrasa, pero que paradójicamente ilumina. Y los trabajadores irán de una hacienda a otra sin más que enseñar los dientes sanos y lucir testículos potentes. Creo escuchar el meloso acento del Caribe atardeciendo: «Mira, chico: hoy trabajo» ¿Y mañana...? Pobre negro.

Tras leer la noticia fui a instalarme frente al Banco de España y contemplé su gran puerta que custodiaba un guardia civil. España se agitó en mí. Volvemos al trabajo que no tiene trabajador dentro. Porque ser trabajador es otra cosa: es hacer cosas a cambio de lograr vida, fabricar mercancías para no serlo. Esto lo saben el gobernador del Banco y su guardia civil ¡Pero eso es la revolución! ¿Lo entiende usted? ¡Que espanto!

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