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Tras el 22-M

Una victoria abertzale

Ramón SOLA

En sectores abertzales, y especialmente de NaBai, el 23 de mayo apareció un discurso entre pesimista y fatalista, basado en la conclusión de que Nafarroa era más de izquierdas y más abertzale que el día anterior, pero no lo suficiente para forzar el relevo institucional. La larguísima era UPN fomenta este tipo de angustias, y no es para menos si se tiene en cuenta que Miguel Sanz ha estado quince años ininterrumpidos al frente del Gobierno navarro o que Yolanda Barcina se prepara para el relevo tras doce años ya en la Alcaldía de Iruñea.

En estos análisis se daba por descontado que el PSN seguiría sosteniendo a UPN. Y se sigue dando por descontado después de que su Comité Regional haya decidido que todavía hay tiempo para marear la perdiz. Para desconfiar no hay que irse hasta el «agostazo» de 2007, sino bastante más cerca. Hace meses, por ejemplo, la misma dirección del PSN que ahora se declara abierta a todo vetó varias listas municipales de su partido porque las veía demasiado cercanas a sus rivales abertzales (sus batacazos han sido enormes, por cierto, en Atarrabia, Altsasu y Zizur Nagusia). Hace semanas, en campaña, Roberto Jiménez remarcó que no haría pacto alguno con Bildu. Y hace días lo han repetido, utilizando un tono especialmente despectivo, dirigentes estatales como José Antonio Alonso. Casi nadie duda, por tanto, de cómo acabará el capítulo: el PSN dirá que lo ha intentado pero no ha podido ser, y tratará así de tapar sus grietas electorales presentes y futuras.

Esta, en cualquier caso, es ya una victoria abertzale. El 22-M no ha cambiado la historia, pero empieza a cambiarla. La tracción del cambio en Nafarroa no pasa ya por el PSN, un partido indeciso de 51.328 votos, sino por NaBai, Bildu y I-E, que no dejan escenarios abiertos sino que apuestan claramente por quitar a UPN. Y que suman más del doble de votos: 111.200.

 

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