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Murdoch y los aprendices de brujo cercanos

Dabid LAZKANOITURBURU I Periodista

Ver al magnate de los medios Rupert Murdoch y a su hijo poniendo cara de bobos ante una comisión del Parlamento británico, e incluso esquivando un platazo con espuma de afeitar, produce un innegable alborozo. Bienvenida sea la incisiva flema anglosajona que les ha forzado a tragar, siquiera, parte de la medicina con la que sus cabeceras han atiborrado al público durante decenios.

Alegra los ojos, asimismo, observar la cara de cordero degollado del premier británico, David Cameron, obligado a comparecer ante los Comunes para explicar sus privilegiadas -y privilegiadoras- relaciones con el citado emporio mediático.

Tampoco es cuestión ahora de caerse del guindo y de pensar que la crisis vaya a provocar un cambio de paradigma en las relaciones entre prensa, política y negocios, tres términos que en estos tiempos han acabado siendo uno y trino, como en el cuento del Nuevo Testamento.

Los británicos son duchos en crear comisiones que acaban agotando los temas por pura inanición. Y todo apunta a que con este escándalo pasará lo mismo, más cuando el propio Cameron se encargó de recordar a los laboristas, ahora en la oposición, su largo y fructífero noviazgo con Murdoch.

Pero una cosa es una cosa y otra tratar de vender que, valga la redundacia, eso son cosas que sólo pasan en la City. Cuando la concentración de medios y su imbricación en el mundo de la política como un negocio es una constante cercana, como ha quedado de manifiesto en la andanada del pasado lunes de «El País» contra Zapatero. Y mucho más cerca. Tanto que quema. Hace decenios.

Nos queda un consuelo. Estos últimos son, comparados, aprendices de brujo.

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