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REBELIÓN EN LIBIA

Atrapados por el deber en las montañas de Libia

Médicos y enfermeros extranjeros se enfrentan a una emergencia médica bajo las bombas de Gadafi. Sin medios, y sin sueldo, los sanitarios de Nafusa son otros de los héroes anónimos de la guerra civil libia.

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Karlos ZURUTUZA

Estamos con el pueblo libio de todo corazón», reza un cartel a la entrada del hospital de Nalut. Hablamos de una localidad bereber en las montañas de Nafusa, al oeste de Libia. La cercanía de la frontera de Túnez y, sobre todo, la orografía de la región, han permitido que la cordillera esté hoy bajo control rebelde. O casi.

Y es que en Nalut los bombardeos se suceden a diario; no hay agua ni electricidad y, al igual que en el resto de Nafusa, aquí también se depende exclusivamente de los suministros que llegan desde la frontera. Así las cosas, muchos han huido a Túnez, y también lo ha hecho un tercio de los médicos del hospital de Nalut. La mayoría, no obstante, ha decidido quedarse:

«Echo en falta a los míos pero ni siquiera tengo contacto con ellos porque el teléfono no funciona. Llevo siete años trabajando en este hospital y sería injusto irme cuando más me necesitan», explica la doctora Boswas desde el oscuro pasillo del ala de traumatología. «¿Quién atenderá a los libios si todos los médicos extranjeros nos vamos?»

Probablemente nadie. Dado el escaso número de libios con formación médica en el país, Gadafi decidió contratar a una legión de sanitarios extranjeros: bengalíes como la doctora Boswas, pero también paquistaníes, filipinos, egipcios, ucranianos... han atendido, y siguen atendiendo, a las dolorosamente crecientes necesidades sanitarias de los libios. Li Bak Llegó hace cuatro años desde Pyongyang (Corea del Norte) para engrosar las filas de la plantilla internacional de Nalut.

«Las condiciones aquí eran infinitamente mejores que en mi país. Podía mandar dinero a casa e incluso teníamos derecho a un billete de avión al año para disfrutar de las vacaciones. Hoy las condiciones son terribles, pero no podemos irnos y dejar morir a esta gente», explica Bak, justo antes de examinar la radiografía de un fémur astillado por un impacto de bala.

Si bien el Consejo Nacional de Transición (la principal autoridad rebelde) ha asegurado que pagará las nóminas de médicos y enfermeros, ni la doctora Bak ni el resto de sus compañeros ha recibido sueldo alguno desde el pasado febrero. Además, que el Ministerio de Salud libio mande dinero desde Trípoli a territorio bajo control rebelde es una opción que ya nadie contempla.

Joyce Cañizares también reconoce «prioridades más importantes que un puñado de dinares libios»... Sin embargo, esta enfermera filipina admite que habría abandonado su puesto de ser otro el estado de la carretera hacia Túnez.

«No veo el momento de volver a casa con mi familia pero no me atrevo a salir de Nalut porque Gadafi no para de bombardear Wazzin», dice la sanitaria en su uniforme azul.

Y no es un temor injustificado. Apenas hay media hora de coche entre Nalut y el paso de Dehiba, la frontera entre Túnez y Libia. Pero desde que ésta cayera en manos rebeldes el pasado abril, los cohetes GRAD y los Katyusha de las tropas gubernamentales han golpeado a diario la zona. Wazzin es hoy un pueblo fantasma en el que, dicen, vive una única persona.

Médicos con fronteras

Algunos de los sanitarios viven en un edificio de apartamentos anexo al hospital; otros han preferido la seguridad que ofrecen sus oscuros sótanos. Y la escena se repite en los hospitales de Zintan y Yefren. Si bien ambas localidades en las montañas han sufrido idénticos bombardeos desde posiciones en el valle; el de Yefrén llegó a ser asaltado por tropas leales a Gadafi durante la primavera pasada. Los impactos de bala, visibles por todo el edificio, son testigos elocuentes de un terrible asedio de seis semanas. Según fuentes locales, durante ese periodo de tiempo el personal del hospital habría sido retenido, y una enfermera ucraniana y una paciente libia fueron violadas por soldados de Trípoli.

La expulsión de estos últimos el pasado mes de junio y la reciente restauración del tendido eléctrico en Yefren han mejorado significativamente las condiciones de vida de sus pacientes, entre los que es posible encontrar heridos de ambos bandos. También de vuelta en Nalut.

«Un paciente es un paciente; aquí no hacemos diferencias porque todos tienen la sangre roja», explica la doctora Shaida, una médica general llegada desde Lahore (Pakistán) hace ya siete años. Si bien los médicos realizan su labor sin atender a las lealtades de sus atendidos, los que llegan «del otro lado» se recuperan en habitaciones cerradas con un candado. No en vano, el alto mando rebelde de Nafusa distingue entre «héroes» y «prisioneros de guerra».

Riaud Mazid es uno de los escasos sanitarios libios en plantilla. El veterano enfermero de Nalut asegura que hasta el febrero pasado el hospital atendía a «necesidades generales y a picaduras de los peligrosos escorpiones locales». Las situación hoy no podía ser más distinta:

«Necesitamos personal especializado para hacer frente a esta emergencia, sobre todo cirujanos. Sin ellos, ni instrumental, ni tan siquiera electricidad apenas podemos estabilizar a los heridos para evacuarlos inmediatamente hacia Túnez», se queja este médico bereber a la entrada del hospital de Nalut. «A veces pienso que incluso sobramos la mayoría», añade, fumando pacientemente en espera del siguiente ingreso.

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