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Josemari Ripalda | Filósofo

¿Cómo está de lejos el fascismo?

Partiendo del convencimiento de que normalmente se habla de fascismo «como de algo cercano al mal absoluto y por lo tanto poco definido, aunque de aplicación muy precisa», dicho contraste le parece sospechoso a Josemari Ripalda. Y ante la pregunta de si los ejemplos de las esperiecias italiana, alemana, española y japonesa pueden definirlo, propone «trazar una especie de tipo ideal básico» del fascismo con un solo ejemplo: la Inglaterra victoriana. Y tras la descripción, un pequeño ejercicio: calcular la distancia entre la España actual y el fascismo.

La retórica oficial nos ha enseñado a hablar de fascismo muy en general como de algo cercano al mal absoluto y por lo tanto poco definido, aunque de aplicación muy precisa. Este contraste es evidentemente sospechoso. Por otra parte ¿se puede dar una definición a base de acumular ejemplos de Italia, Alemania, España, Japón, etc., etc.? ¿Dónde cerrar la serie y con qué características? Mejor, trazar una especie de tipo ideal básico del fascismo a base de un solo ejemplo, incompleto y quizás inesperado: la Inglaterra victoriana.

En 1899 el Imperio Británico declaraba la guerra a los boers del Transvaal surafricano para apoderarse de sus minas de oro: una guerra terrible contra la población civil, con los campos de concentración que luego soviéticos y nazis desarrollarían, y bajo una censura total de prensa. Hasta 1902 no se rendirían los últimos guerrilleros boers. Pero entre tanto en el Reino Unido de Su Majestad Imperial se acumulaban a éste otros problemas: Irlanda se estaba volviendo inmanejable, el laborismo obrero crecía y las sufragistas pasaban a la acción directa sembrando el caos en Londres. En el horizonte se perfilaba la Gran Guerra con la nueva potencia emergente, la Alemania guillermina, mientras que los mineros, los metalúrgicos, los marginados y pobres no parecían dispuestos a luchar contra sus «hermanos» de clase.

Inglaterra era un país aristocrático, cuya clase alta disponía de puestos de mando en todo el imperio, mientras que su clase trabajadora era mísera y desmedrada hasta el punto de que en la Gran Guerra hubo batallones enteros de bentams, soldados tan bajos que no podían manejar los fusiles de reglamento: gente pobre del norte de Inglaterra y de Escocia, obreros y mineros desde niños; también en los suburbios de Londres la miseria era espantosa. El vaticinio de Marx que esperaba el estallido de la revolución en el país capitalista más avanzado, Inglaterra, parecía a punto de cumplirse. Y en Alemania los socialistas eran ya el primer partido. Según Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, en una nueva guerra serían una vez más los trabajadores quienes se matarían entre ellos por sus capitalistas. Las tres casas reales de Inglaterra, Alemania y Rusia -estrechamente emparentadas- se jugarían a los dados de una guerra -que se quería suponer corta- cuál de ellas iba a ser la gran superpotencia.

Sin duda, en 1914 la guerra misma estabilizó momentáneamente la comprometida situación interna en que se hallaban las tres monarquías (más la caduca monarquía austro-húngara). En Inglaterra las cosas se complicaron pronto. En 1916 la revolución armada estalló en Irlanda; fue aplastada, pero siguió amenazante. En el laborismo se mantenían importantes bolsas de resistencia a la guerra, que representaban una amenaza para el reclutamiento masivo requerido por la creciente cifra de bajas. Las malas condiciones de trabajo, los abusos de los empresarios con la excusa de la guerra y la inflación galopante provocaban huelgas constantes en la industria de guerra, haciendo temer incluso una huelga general. Más aún, estaban surgiendo organizaciones como la UCD (Unión de Control Democrático), con casi un millón de afiliados, o la NCF (Federación Contra el Alistamiento), encabezada por Bertrand Russell.

Es ahí cuando intervino el que había dirigido la guerra contra los boers desde Ciudad del Cabo: Sir Alfred Milner había sufrido entonces un movimiento en la metrópoli que (como en «la semana trágica» de Barcelona) vinculaba esa guerra de agresión externa con la injusticia social en la madre patria. Milner no era un líder populista, sino un calculador minucioso. En aquella guerra había aprendido la potencia del mob, una masa mísera, pero imperial, que, lo mismo que se había enfrentado violentamente a los que rechazaron la guerra de los boers, reventaba ahora los actos de laboristas y sufragistas. Así que Milner se puso manos a la obra para crear un partido «social» alternativo al Partido Laborista; su nombre, Ciudadanos Británicos y Trabajadores del Imperio; su apoyo, nada menos que «The Times»; su financiación oculta, la casa Walford Astor y los astilleros de James Knott; su vocero, un experimentado periodista social, Victor Fischer; su innovador programa, un ambicioso proyecto de enseñanza, salud y electricidad públicas: bueno para la economía, bueno para el entusiasmo por el imperio y la guerra.

Milner apenas dejó nada al fascismo por descubrir: a) Política socialista -«socialista» de «social» (como hoy en España), no de «socialismo»-, b) agresividad de masas azuzada por un aparato de propaganda hasta entonces desconocido y c) imperio -por tanto no nacionalismo excluyente (como hoy se dice), sino incluyente- ; «por el Imperio hacia Dios», como nos legó el nacional-catolicismo. d) Pero aún faltaba la guinda judicial, nada secundaria. El proceso ejemplificante a la familia Wheeldon aún sigue siendo recordado en Inglaterra como el equivalente al caso Sacco-Vanzetti de los Estados Unidos: un montaje espectacular que culminó toda una judicialización represiva de los objetores a la guerra. Judicialización completada con una política penitenciaria que buscaba la destrucción psíquica de más de mil objetores con calculadas medidas de control cotidiano. Bertrand Russell nos ha dejado, a cubierto de otro nombre, el recuerdo de aquella política penitenciaria en «Apelo al César».

Así y con todo el terrible imperio británico -criminal hasta el día de hoy- no acabó de caer en el fascismo. Ante la revolución soviética concedió el voto a las sufragistas (con limitaciones), suavizó la represión contra pacifistas y socialistas con medios más sutiles, mientras que en Irlanda dejó en suspenso el alistamiento; y cuando después de la guerra la represión brutal en Irlanda desencadenó una nueva insurrección armada, el gobierno británico terminó negociando un proceso de soberanía; más tarde en el Ulster combatiría implacablemente al IRA, pero respetó al Sinn Fein por pertenecer al juego político. Tampoco fue casual que en 1936 se hiciera dimitir a Eduardo VIII por su vida sentimental; había mostrado demasiadas simpatías nazis; ya como Duque de Windsor lo acogió la España de Franco.

Y la España de ahora ¿cómo está de lejos del fascismo?

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