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Carlos GIL | Analista cultural

Tatuajes

Los barcos con nombre extranjero evocan aventuras, garitos portuarios, humo, mujeres marcadas por la vida y tatuajes crípticos en brazos musculados por el trabajo duro de afilar navajas de brillos centelleantes. Es una estética de la bohemia deslocalizada. Canciones de un solo acorde con letras ahuecadas para describir una desolación, un desamor, un extravío. Voces que rozan las cuerdas humedecidas por alcaloides de origen incierto. La noche que se come al día y regurgita despojos de una humanidad encanallada. Los poetas bañados en absenta, los pintores ungidos de ron, las bailarinas tambaleantes que se inspiran en la oquedad de un desprecio descrito con espuma de cerveza. Literatura del desasosiego que escapa de la esfera del mundo fotografiado para decorar la escalera hacia la eternidad.

Los barcos con nombre extranjero ahora transportan ciudades flotantes habitadas por humanidades estabuladas. Miles de seres captados por anuncios funcionales que conviven entre escalas en puertos reconstruidos y seleccionados para potenciar el consumo y la fotografía de cena de matrimonios, mientras en los diferentes estamentos del paquebote se ofrecen todos los símbolos de una sociedad planificada. Teatros con espectáculos de franquicia para entretener, música ambiental anodina tocada en directo, juegos infantiles y animaciones llevadas por actrices con ambiciones reconvertidas. La mirada descubre cuerpos aceitosos que resaltan los tatuajes convertidos en estampaciones de una moda que emite mensajes de consumo en la piel de una juventud que busca una identificación externa. Literatura barata de consumo rápido de quita y pon.

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