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Raimundo Fitero

Estímulos

 

Lo bueno de las medidas económicas que está implantando Mariano Rajoy es que estimulan la golfería, la picaresca, la delincuencia, el tráfico de divisas, el blanqueo de dinero y el saltarse todas las normas de convivencia fiscal. Si hoy cualquiera puede llegar a una sucursal bancaria, ingresar, no sé, una tontería, trescientos mil euros, y no tener que dar más explicaciones y pagar solamente el diez por ciento, jurando que lo ha ganado en tal fecha, el Estado español es un paraíso fiscal, llamado la península de los conejos. Los amigos de la gomina, la laca espolvoreada, y los zapatos de tafilete se sienten correspondidos: sus ayudas económicas para mantener el zoo de las gaviotas se ve recompensado. Han hecho una buena inversión. El resto de la ciudadanía es gilipollas. Calla, paga, traga.

La segunda entrega de «Entrevista a la carta» de Julia Otero fue otra muestra del periodismo felpudo. Esta vez con un Mario Vargas Llosa empeñado en demostrar en cada frase que es un reaccionario recalcitrante, que se ha colocado en la extrema derecha más desafiante. Sin pudor dijo que votó a Rosa «Díaz», y el tuteo con las joyas de la corona más a la derecha de las gaviotas y los halcones no fue otra cosa que una constatación de que la capacidad para escribir, no es fruto de una inteligencia superior, sino de una fuente de inspiración, de un hábito. Hubo momentos que parecía una simple impostura, una pose, pero la insistencia constante en ponerse siempre en la parte más ultra es una voluntaria toma de posición que probablemente le reporte unos ingresos suculentos.

Todavía colea por las redes los momentos gloriosos de las dos diputadas dedicadas a asuntos de empleo en el Congreso, una del PP y otra del PSOE, con Jordi Évole. No se puede hacer el ridículo de manera más ensayada. Seguramente Évole tendrá problemas para hablar con políticos, porque quedaron muy mal, fatal, como para despedirlas. Pero seguirán. Son profesionales de la militancia partidista. Un estímulo para mediocres, vagos y oportunistas. No se puede transcribir las barbaridades que dijeron sus señorías. Son el mejor relato de una realidad política corrupta desde sus cimientos.