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Laura MINTEGI | candidata a Lehendakari por EH BILDU

Querido Antonio Alvarez-Solís

En su carta de respuesta a la que el pasado lunes le dirigió desde este diario el veterano periodista, Laura Mintegi se muestra agradecida y ofrece algunas reflexiones, sugeridas por la carta de Alvarez-Solís, en torno a temas y cuestiones tan interesantes como el amor, las formas y el fondo en política, los valores de izquierda o su condición de mujer.

Me va a costar, pero te voy tratar de usted, por el tremendo respeto que te tengo y porque ese es el modo en que te has dirigido a mí en tu carta.

Quiero agradecerle a usted los consejos, las orientaciones y, sobre todo, el enorme cariño que aprecio en su carta y, de paso, comentar algunos de los interesantes temas que menciona.

Empecemos por el tema del amor. Hace años que estoy convencida de que el amor es el motor de los ámbitos donde surge la verdad, esa verdad que hace que este mundo avance. El amor a la ciencia está en el origen de los descubrimientos científicos. El amor a la búsqueda de una nueva manera de expresión es el germen de las nuevas propuestas artísticas. El amor a los conciudadanos hace que surjan sistemas políticos más justos. Y, finalmente, el amor a las personas que nos rodean nos hace mejores personas. No entiendo la ciencia, ni el arte, ni la política, ni la vida sin grandes dosis de amor. Y a riesgo de ser cursi, pienso que sin ese amor pocas cosas valdrían la pena.

Pero hay otros muchos temas en su carta que, permítame que lo diga, me han parecido extremadamente interesantes. Se muestra preocupado por la operación de acoso y derribo que ya he empezado a «padecer», y parece ser que la misma percepción tienen los cientos de personas que me han felicitado por la candidatura y que, a renglón seguido, me han compadecido por la que me espera. La palabra que más he oído en estas últimas semanas es «berenjenal». Y después, «ánimo». Me han hecho sentir como a la cautiva cristiana a la que empujan al circo romano lleno de leones. Y es una pena. Es una pena que todas esas personas, y yo misma, tengamos una percepción de la vida pública como una plaza donde te van a tratar a dentelladas.

Sobre este punto quisiera decir dos cosas, una más personal y la otra una reflexión que me hago hace tiempo. La primera es que no ofende quien quiere, sino quien puede, como acostumbramos a decir en casa. Difícilmente van a conseguir que entre en ese juego de descalificaciones. Es un ejercicio estéril, que no aporta nada a las personas receptoras de la actividad de los políticos y, además, no me interesa. Si dicen, que digan. Nosotras y nosotros a lo nuestro. Es decir, a intentar cambiar las cosas, a establecer políticas más cercanas a los ciudadanos y a fomentar estilos nuevos de relación, lo cual, aunque no lo parezca, va unido al fondo de la cuestión. Porque las formas se ajustan al contenido de los planteamientos que hacemos, y si hablamos de consensos, de diálogo, de acuerdos, tenemos que empezar por cambiar la manera de relacionarnos. No cabe faltarnos al respeto.

La segunda reflexión que me sugiere es que la vida política pública se ha convertido en un espectáculo muy poco edificante. Pero lo realmente preocupante es la percepción que tenemos la mayoría de los ciudadanos de que apenas se puede incidir en las decisiones que toma una casta de políticos que, a veces, en el mejor de los casos, toman decisiones que mejoran nuestras vidas, pero que la mayoría de las veces no. Y, de cualquier manera, sea la decisión buena o mala, la toman ellos, sin cauces directos de consulta e, incluso, desoyendo la opinión de sus administrados.

Pienso, querido Antonio, que hay mucho que cambiar, en el fondo y en la forma. Hay que empezar por diseñar una política que recupere los valores de la izquierda. Y poner claramente sobre el papel cuáles son los objetivos, que bastantes problemas habrá a la hora de llevarlos a la práctica. Por ello hay que explicar muy bien desde el principio hacia dónde queremos encaminarnos, para que cualquiera pueda tomar cuentas en el caso de que las cosas se tuerzan, a veces por dificultades de la propia praxis. Porque no va a ser nada fácil llevar a la práctica la normalización política, el logro de una paz estable, el ansia de soberanía, las políticas económicas necesarias para lograr una sociedad más equilibrada, más justa.

Y además de explicar a dónde vamos, tendríamos que tener continuamente canales abiertos para recoger las aportaciones que cualquiera quiera hacer según se vayan aplicando las nuevas políticas. Es a la derecha a la que le interesa desmotivar, desmovilizar, desactivar, conseguir ciudadanos pasivos y sumisos, cosificados. La izquierda nunca tiene que temer la participación, el debate, la crítica, aunque se avance más lento, aunque duela. Es lo que comentaba antes del fondo y de las formas: la participación no es solo una cuestión de forma, una manera de actuar, sino que está en el meollo de la política que se quiere implementar, una política donde cada cual se siente parte del proyecto, protagonista.

Permítame que salte a otro asunto de su carta que me cuesta abordar pero al que ha dedicado bastante espacio y que no puedo obviar, y es mi condición de mujer. Bien, a ver cómo salgo de este brete. He pasado la vida oscilando entre la negación y la reivindicación. Reconozco que algunas posturas han surgido más como reacción a «agresiones» sutiles a mi condición femenina que como producto de una reflexión interna y sosegada sobre la actitud que debía tener como mujer. No conozco a ninguna mujer de ninguna generación a la que no le hayan hecho sentir que era «mujer», independientemente de la concepción que tuviera ella de sí misma. Nos han humillado, ninguneado, enaltecido, aplaudido y nuevamente humillado. Nos han hecho saber que somos mujeres, aunque nosotras nos viéramos solo personas. El propio hecho de que esta candidatura estuviera buscando el perfil de una mujer antes de que se eligiera a la persona concreta es ya un elemento que produce sentimientos contradictorios.

En su carta pone en valor el hecho de que «la posible paz y la anhelada libertad las puedan resguardar las manos de una mujer», y eso ya me plantea una pregunta: ¿Es suficiente ser mujer? ¿El hecho de que sea una mujer la elegida para liderar un proyecto político es garantía de algo? A botepronto, la respuesta es no. La condición de ser mujer no presupone que se vayan a hacer las cosas de manera distinta. Estamos hartas de ver mujeres con modos, prioridades, valores y comportamientos masculinos. No se diferencian en nada de sus colegas varones. Entonces ¿Por qué insistimos en presuponer que una mujer puede aportar algo a la vida pública? Porque sí hay una serie de valores que identificamos con los modos femeninos que admitimos que serían enriquecedores si se aplicasen a la política: la defensa del débil, la empatía, la búsqueda de consensos, la ausencia de prepotencia, la generosidad, el coraje por la defensa de los suyos... pero estos valores no son exclusivos de la mujeres sino que son las características del militante comprometido de izquierda, y los pueden desarrollar tanto mujeres como hombres, sin duda. Por eso creo que lo que realmente puede aportar una mujer no es su sexo, sino su género. Un género, el femenino, que reivindica una relación más igualitaria entre las personas, más horizontal y menos competitiva, más humana, más cercana. Aunque eso, en definitiva, tiene que ver más con la ideología que con otra cosa.

Espero no haberle cansado con esta carta que comparto con todos aquellos que han leído anteriormente la carta que me ha dirigido. Me siento en deuda con usted, Antonio, y con los hombres y mujeres de su generación que nos han enseñado cómo caminar por la vida con compromiso y coherencia, aunque esté demodé en los tiempos que corren. Todo un placer. Y deja que para despedirme te tutee otra vez, porque esto de tratarte de usted me hace sentir extraña. Recibe un fortísimo abrazo desde este país que tanto quieres y que tanto te debe. Espero que nos veamos pronto.

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