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Ainara Lertxundi Kazetaria

Los descamisados de Marinaleda

A Juan Manuel Sánchez Gordillo ya lo conocíamos de sobra en Euskal Herria, donde siempre ha mostrado solidaridad y humanidad contra la represión o la ilegalización, incluso en los tiempos más duros. Pero ahora es en su tierra, al sur del Ebro, donde lo han descubierto, e incluso ha pasado a ser invitado estrella en los shows televisivos del sábado noche.

Este hombre que lleva más de tres décadas seguidas como alcalde de su pueblo y que hace cosas tan subversivas como llevarse de los supermercados comida que iba a acabar en la basura ha dormido las últimas semanas en un colchón debajo de un olivo, lleva al cuello siempre una bufanda solidaria con quienes sufren en Sáhara y Palestina -y a cuyos niños acogen-, se dirige a sus compañeros megáfono en mano y renuncia al aforamiento porque estaría orgulloso de entrar en la cárcel por su acción, simbólica pero al mismo tiempo salvadora también para unas cuantas familias sin recursos.

Todo ello lo ha convertido en un radical violento para gran parte de la clase política y los medios españoles, tan escrupulosos ellos cuando se trata de etiquetar otros delitos y a otros delincuentes. Algunos más han preferido intentar ridiculizarlo. No creo que Sánchez Gordillo tenga mayor problema en ello. Más bien estoy segura de que se sentirá cómodo en la comparación con los descamisados argentinos de Perón de los años 40 o con los sans-culottes de la Revolución francesa. Todos ellos fueron denostados así por las aristocracias y burguesías de la época, incapaces de asimilar que un grupo de gente sin más bagaje que su dignidad, su humanidad y su activismo pudieran ser protagonistas de cambios sociales.

Los descamisados de Marinaleda, con unos simples carros de la compra, han conseguido ya cosas grandes, como sensibilizar sobre la realidad creciente de la pobreza en el Estado español. Pero lo que más me gusta es que han dejado sans-culottes, con el culo a la aire, a esa gran izquierda española, esos «progres» que en cuatro años no han hecho nada por quienes sufren la crisis ni contra los que la han provocado.

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