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José María Pérez Bustero | Escritor

Desde Mieres hasta Marinaleda

En el movimiento abertzale fueron tensiones básicas desde el primer momento la percepción de la historia vasca y un profundo sentimiento de temor-odio al opresor. Junto a ellas asomó pronto un tercer elemento también esencial. La necesidad de recapacitar, pues las perspectivas y riesgos se renovaban continuamente. Actualmente se repite esa necesidad. Sigue habiendo temas que se vuelven trabas de no ser percibidos correctamente. Uno de ellos es nuestra concepción de «España» que, junto con «Francia», son la red en que estamos atrapados.

Vamos a quedarnos hoy con «España». Desde que surge el nacionalismo «español» con el levantamiento contra la ocupación napoleónica -como otros nacionalismos en Europa-, la palabra España ha sido talismán para muchos peninsulares y fóbica para el nacionalismo vasco. Ese agregado de temor-odio es lo que necesitamos analizar hoy día, ya que estamos en una fase en que, más pronto o más tarde, vamos a discutir y decidir la autodeterminación vasca. En estos cuatro territorios de Hegoalde el interlocutor es doble. Al otro lado de la mesa, no solo tendremos la España-Gobierno con su estructura represiva, su aparato penal y su instrumental informativo, sino también la constituida por ciudadanos, pueblos y sectores. Ellos también nos van a oír y se van a decantar en pro o en contra nuestra. Desde luego, al aparato de poder le encantaría tener el aplauso de sus «súbditos».

Ahora bien ¿tendremos a nuestro favor esos pueblos y ciudadanos contenidos en el Estado español? Pensando en frío, nos toca esperar que nos devuelvan los sentimientos y comprensión que les dediquemos. En ese sentido, lo tenemos claro porque, a cuanto nos suena, no parece que nos conozcan de forma objetiva. Vale... pero, y nosotros, ¿conocemos de verdad a los pueblos peninsulares que van a ser testigos y partidarios/contrarios? ¿Los diferenciamos realmente del aparato estatal? En estos últimos 16 meses se han dado sucesos muy significativos que nos han hecho volver los ojos, sorprendidos. A destacar las audaces acciones reivindicativas de Andalucía y Extremadura, las marchas mineras de Asturias, León y Teruel, y el «Movimiento 15 de mayo». ¿Son así los «españoles» que teníamos en mente?

Las audaces acciones del Sindicato de Obreros del Campo en Andalucía, con el lenguaje de Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, y de Diego Cañamero, portavoz del SAT, sindicato andaluz integrado en el SOC, han logrado abrirse paso a los medios de comunicación estatales e internacionales. No debieran constituir, sin embargo, tanta sorpresa. La lucha en el campo andaluz, zona de grandes latifundios desde su conquista, tiene una larga historia. En el siglo XIX, con el paulatino deterioro del comercio con América, Andalucía pasó a ser una región fracasada y se convirtió en zona conflictiva para el Estado. Cabe recordar el levantamiento de Loja en 1861 contra el Gobierno de Isabel II, que fue sofocado a sangre. O la revuelta general de 1933, cuya represión culminó en el pueblo gaditano de Casas Viejas con una cruel matanza de campesinos. La caída de la república desató una gran emigración andaluza, máxime a Cataluña y Madrid. Pero ya en 1977 se creó el SOC que recogió la tradición de lucha.

Desde Extremadura, por su parte, llamó la atención de los medios la irrupción en Carrefour de Mérida, el 14 de agosto, de 70 parados, que denunciaban la política estatal. «Si no hay pan para el pobre no hay paz para el rico», afirmaban. Continuaron las concentraciones y denuncias en las fechas siguientes, y el 8 de septiembre se celebró un encuentro estatal para analizar el paro, la precariedad, la pobreza y las perspectivas de lucha social, con la participación de colectivos de Canarias, Andalucía, Cataluña, Valladolid entre otros. ¿Hechos impensables? Hay que recordar que Extremadura ha sido tierra de latifundio con una mayoría campesina de jornaleros y, durante siglos, de miles y miles de emigrantes. La Ley de Reforma Agraria de 1932 supuso una gran expectativa, pues abrió la posibilidad de expropiar las tierras que trabajaban. Pronto creció el descontento general al atrasarse la práctica de esa ley, y se produjeron invasiones de las fincas a las que iba a afectar la expropiación. Esa lucha campesina se tornó tragedia cuando el general franquista Yagüe se vengó al invadir la provincia en 1936, llenando de muertos las zonas que atravesaba. En Badajoz fueron miles los fusilados y ametrallados en pocos días.

Un segundo importante grupo de hechos ha sido la lucha de los mineros de Asturias, de León y de la comarca de Andorra-Sierra de Arcos en Teruel. Las protestas habían empezado en mayo, y comprendieron huelgas indefinidas, encierros en minas, cortes de carreteras y vías férreas, protestas ante sedes del PP, barricadas, enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. El día 22 de junio salieron mineros en marcha hacia Madrid desde Mieres en Asturias, desde Villablino y desde Bembibre en León (los tres grupos se juntaron en La Robla) y desde Andorra en Teruel, para llegar el día 11 de julio a Madrid. El pensamiento de base era «caminar con orgullo y no rendirse a la desesperación». ¿Sorprendente? Esa rebelión nos recuerda la revolución de 1934 que resultó sangrienta en Asturias y cuyos protagonistas fueron precisamente los mineros. Y asimismo las huelgas de 1957 y 58 y, sobre todo, la de 1962, entre abril y junio, con repercusiones en todo el Estado, pero que tuvo su zona más intensa en los mineros asturianos. Lo llamativo es percibir su persistencia hoy día, y comprobar las grandes expresiones de apoyo que han tenido a lo largo del recorrido por parte de la gente.

El tercer tema se refiere al «Movimiento 15 mayo». A pesar de valoraciones de gente del Partido Popular, o de Rouco Varela («no conocen a Dios, no conocen a Cristo»), el movimiento de indignados pidiendo «democracia real ya», «no ser cómplices pasivos», «democracia más participativa», ha originado entre 2011 y 2012 cientos de asambleas y se ha extendido a docenas de ciudades del Estado español, desde Madrid a Barcelona, y hasta Vigo, Zaragoza, Burgos, Jaén, Logroño, Murcia, Palencia, Soria... Ha sido reprimido por cargas policiales, como en Barcelona, donde hubo miles de protestas formales por dichas actuaciones. En la Comunidad Valenciana fueron más de cien mil los participantes con la consigna «menos corrupción más educación». Además se hicieron marchas desde 7 regiones que acabaron en Madrid el 23 de julio. La última decisión es la de convocar un plebiscito que se desarrollará del 29-IX hasta el 6-X próximos, «ante la extrema gravedad de la situación». No cabe duda que esa transformación del pensamiento-rabia individual en expresión-irritación colectiva es un hecho de enorme significado, y que muestra profundas realidades existentes bajo la losa del aparato estatal español, poco imaginables para muchos.

¿Qué nos marcan estos hechos a los abertzales? Tareas de reflexión muy precisas y urgentes. En primer lugar, debemos diferenciar, pero muy a fondo, el aparato estatal (su sistema, sus partidos, sus militantes...) de las gentes que no constituyen esa «España» sino que la repudian, y que sueñan con otra donde la democracia sea real. En segundo lugar, y partiendo de esa diferenciación, debemos sentir y expresar una profunda empatía con esos pueblos y ciudadanos. Con su sufrimiento, su rebeldía, su modo de ser, su lengua y su proceso. En tercer lugar, debemos explicarles expresamente, y remarcarlo de mil formas, que no pretendemos alejarnos de ellos ni contra ellos, sino solo del aparato gubernamental y de su modelo liberal. Y que nuestra intención y programa político es tener un pueblo vasco autogobernado, pero a la vez interrelacionado con ellos y con sus tierras, considerándolos como vecinos cercanos y amigos.

¿Estamos preparados para este reconocimiento y reformulación? Apenas lo logremos, nos va a venir muy bien en nuestra misma casa. Este es un punto muy a tener en cuenta. Aquí también tenemos muchos vascos de ayer y de antesdeayer, muchos navarros, alaveses, donostiarras y bilbainos que necesitan oír este lenguaje para no sentir, a su vez, fobia frente a los abertzales. Solo de esa forma desdramatizaremos la autodeterminación, y la haremos mucho más asimilable.

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