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Suecia revela la otra cara del «modelo nórdico»

La imagen de Suecia en llamas resulta ciertamente chocante. El país escandinavo ha sido asociado al bienestar social, a la integración y la armonía entre gentes de diferentes orígenes, al orden e, incluso, a su belleza bucólica. Su reputación de apertura y tolerancia viene de lejos, pero los graves disturbios que comenzaron en el suburbio de Husby y que se multiplican por otras barriadas del extrarradio de Estocolmo reflejan realidades que no pueden ignorarse. A saber: la existencia de fenómenos de segregación y de exclusión social, de brutalidad policial y de un sentimiento de vivir al margen, de no ser escuchado. Las condiciones para el estallido de las revueltas han ido engendrándose en el tiempo y la muerte a tiros de una persona -en defensa propia según la Policía, víctima de la brutalidad según los residentes de Husby- no ha sido sino el detonante circunstancial. A imagen y semejanza de los coches, comisarías y supermercados que ardieron en hechos similares ocurridos en Londres (2011) o en París(2007), la revuelta de los barrios pobres de Estocolmo es un síntoma de una grave enfermedad social a la que el «modelo nórdico» no es capaz de responder.

Las desigualdades crecientes, la segregación y el agravio de no sentirse escuchados generan la atmósfera donde transpiran hechos como estas revueltas. El fuego y la rabia en estos casos son una señal que demanda, y merece, atención.

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