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Gara > Idatzia > Kultura 2007-01-29
Jesús FRANCO | Director de cine
«Tiré hacia el cine fantástico para no prostituirme con el Régimen»
Autor de más de doscientas películas, Jesús Franco, el «tío Jess», es un rebelde con causa, un cineasta todoterreno que, a sus 70 años, se muestra punzante y hasta cáustico, pero sincero por encima de todo. El autor de «Gritos en la noche» y emblema del denominado «cine de serie B» ha visitado Bilbo, donde el Museo de Bellas Artes le dedica una retrospectiva.

El ciclo que la Cinemateca del Museo de Bellas Artes está dedicando a Jesús Franco comenzó con “Pío Baroja. Estampas guipuzcoanas 2” y se cerrará el próximo 3 de marzo con “Don Quijote de Orson Wells”. Esta película sirve de enlace al siguiente ciclo, que se dedicara a Orson Wells, con el que Jesús Franco trabajó de ayudante de dirección en “Campanadas a medianoche”. El Tío Jess se somete en Bilbo a una larga sesión de entrevistas con paciencia y humor, acompañado en todo momento por Lina Romay, su pareja, cómplice y actriz habitual de su cine, a la que dobla en edad. No hay duda, a Jesús Franco le gusta hablar y no se anda con florituras.

­«A mí no me gusta mi cine». No es muy habitual escuchar esa frase de boca de un director.

¿Ah, no? ¡A mí me gusta el cine de John Ford! Yo no soy un engreído ni considero que he inventado nada, sigo siendo un hombre modesto al que le gusta el cine más que otra cosa. Para mí preparar una película y rodarla es una gozada, ¡un orgasmo!

­«Nadie ha visto mis películas». No será para tanto...

Bueno, me refiero a España. Yo he hecho muchísimas películas, pero más de la mitad no son de producción española. Tampoco he pedido una subvención en mi puta vida, porque me parece vergonzoso que, si tengo algo que decir, deba esperar la aquiescencia del Ministerio. Eso es una humillación, algo absolutamente subsidiario. Yo, si tengo algo que decir, voy y lo digo.

­Menos mal que su cine se programa mucho en los festivales de cine fantástico.

¡Afortunadamente! Se programa porque he hecho mucho cine fantástico y lo he hecho por una razón: cuando me empezaron a prohibir las cosas testimoniales, serias, me tuve que buscar un terreno de acogida y ese terreno fue el cine fantástico, que no me parece indigno, ojo, lo elegí yo. Yo he sido siempre un admirador del expresionismo alemán. Para mí hacer cine fantástico no fue prostituirme, sino una forma de dejar asombrados a esos cabrones de censores. Realmente la censura española cambió mi carrera porque yo iba camino de hacer un cine en la onda de Passolini. Pero, cada vez que lo intentaba, me daban una hostia. ¿Qué podía hacer? ¿Quedarme en una cueva llorando o tirar para adelante? Tiré para adelante por el camino que me pareció más digno. Lo que nunca hubiera aceptado es prostituirme y ser aceptado por el Régimen.

­¿Se siente ignorado por el cine español?

Yo me siento ignorado, pero no me importa. Casi mejor. Mira, yo soy muy amigo de Fernando Fernán Gómez, aunque ahora el pobre está muy pachucho. Recuerdo un día que estábamos muy cabreados los dos y Fernando dijo, con ese vozarrón que tiene: ‘mira Jesús, nosotros lo que tenemos que ser es directores mediocres, así nos dejan en paz y podemos hacer lo que nos dé la gana’.

­¿Y le molesta que le incluyan en eso que llaman, no se sabe muy bien por qué, cine de Serie B?

Le llaman de serie B porque lo que ellos llaman A es un cine pedante. Yo no creo que el cine tenga que ser pedante. El cine es para todos, es un espectáculo, un show, no nos engañemos. Lo que pasa es que hay mucho falso intelectual que lo quiere convertir en una sucursal de Montesquieu. ¡Y una mierda! El cine es un entretenimiento, una cosa para pasar el rato. Otra cosa es que ese entretenimiento pueda tener algo en las tripas; conviene que así sea.

­Su público suele estar formado por gente joven, aficionada al cómic.

Sí, y me alegro de que así sea porque es gente sana. No tienen falsas expectativas intelectualoides.

­Suele decir que el cine se lo ha dado todo.

Sí, todo lo que tengo, que no es mucho. Pero no quiero más. Yo no he hecho nunca cine para ser rico ni para comprarme una granja en Marbella. A mí todo eso me toca los cojones. Yo quiero lo suficiente para que esta criatura (Lina Romay) y yo tiremos y no muramos de hambre. Somos felices así.

­¿Hace el cine que quiere?

Sí. Sobre todo, desde el día en que decidimos mudarnos e irnos a vivir a Málaga. Ahí tomamos la decisión de hacer solamente el cine que nos diera la gana. Porque, para hacer cine, es verdad que hacen falta unas pelas, pero menos de las que la gente se cree, sobre todo si no robas. Si tengo ese mínimo necesario, yo hago cine. Un día que Berlanga estaba cabreadísimo porque justo la censura le había obligado a cambiar algo, me dijo: mira Jesús, para hacer cine hacen falta dos cosas: una cámara y libertad.

­Ahora se ponen las cosas mejores con la tecnología digital.

¡Claro! Ahora prácticamente el que quiera y sea un poco echado p’alante puede hacer una película. Eso me parece cojonudo. Porque con lo de los 70 milímetros y el estéreo habían llegado a convertir esto de nuevo en una cosa de élites. Y el cine tiene que ser accesible a todo Dios.

­¿Qué historias quiere contar en este momento de su vida?

En este momento de mi vida yo quiero contar historias que no sean reflejo de esta realidad cada vez más cruel y odiosa, sino historias que sirvan a la gente para escapar de la rutina, de la incomprensión, de la lucha diaria. Y para conseguir que se sientan un poco mejor.

­Y a usted, ¿qué historias le gusta ver en el cine?

A mí me gusta todo. De lo que se hace ahora no tanto. Si son producciones americanas gordas son todas de muñequitos por ordenador que saltan por los aires cuando estalla la bomba, y si son europeas suelen ser algo más creíbles, pero tampoco... A mí personalmente me gusta el cine expresionista. Si yo pudiera ver mañana una nueva versión de “Nosferatu”, iría corriendo.

­Usted mismo ha escogido las películas que se proyectarán en el ciclo de Bilbo. ¿Con qué criterio?

Hay algunos cambios con respecto a mi idea primera porque no hemos podido acceder a algunas películas. Hay una que me divertía mucho, titulada “Lucky el intrépido”, que era un cómic con muy mala leche, pero el cabrón que tiene la única copia buena que hay ha pedido tanto dinero que no podemos traerla. Fíjate, en Estados Unidos las películas a los quince años son patrimonio público, no tienes que pedir permiso a nadie ni pagar cánones.

­Hay también un documental sobre Baroja que puede sorprender a sus seguidores.

Quien me sigue sabe que yo soy un universitario lúcido. Yo he estado en las rodillas de Pío Baroja con siete años y le estiraba la barba. Le adoraba, me impresionó. Es un hombre al que se le ha tratado injustamente, era un tío muy de verdad, quizás demasiado puro. La de Baroja fue una de las primeras películas que firmé.

­¿Sigue competiciones como las de los Oscar y los Goya?

¡Los Oscar me hacen reír! Cuando hay una actriz como Helen Mirren, una de las mejores desde hace mucho tiempo, y tiene que competir por parte española con una gilipollas que no sabe ni hablar... ese hecho sólo invalida los Oscars, anda, ¡no me jodas! Hace muchos años el sistema de votación era distinto, entonces se hacía con un cierto rigor. Ahora... Ylos Goya, lo mismo, pero peor. Yo no estoy en la Academia, me han mandado todos los papeles del mundo, pero a mí en payasadas no me gusta estar. Amí me interesa el cine de verdad, el cine es un espectáculo cojonudo, el espectáculo de nuestro tiempo. Todo lo demás me sobra.

­¿Cómo era Orson Wells?

¡Era la contradicción personificada! Era el más generoso, el más cojonudo, el más inteligente, el más creativo que yo he conocido en mi vida. Con su talento era capaz de convertir un erial con cinco caballos en una batalla increíble. Pero ha sido uno de esos personajes que no ha entendido casi nadie, que ha sido juzgado mal, que lo han tildado de facha, de americano... ¡Cuando eran los propios americanos los que no podían ni verle! Todos los dramas de Orson vienen de que el magnate Randolph Hearst quiso joderle; podía haberle pegado un tiro, hubiera sido más rápido, pero lo que hizo fue ir cerrándole todas las puertas. Orson murió casi pobre, teniendo en su mano el guión de “El rey Lear”, que es el mejor que he leído en mi vida.

­Usted ha vivido como ha querido.

Bastante, sí. Es una de las cosas que no me han perdonado. Que he hecho y sigo haciendo más que nunca lo que me ha salido de los cojones. Yo he conseguido que me apoyen dos productores, los más casposos que hay, uno en Alemania y otro en Nueva York, que me dan los dos duros que necesito para poder hacer una película. Este año quiero rodar otras tres. -


 
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