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Para alcanzar la normalidad en Euskal Herria es necesario un esfuerzo excepcional

Basta repasar las noticias que más relevancia han tenido en los medios de comunicación durante los últimos siete días para desmontar los mensajes interesados que PSOE y PP, con UPN alineada al unísono con ambos partidos españolistas, están tratando de introducir en el imaginario colectivo: «la normalidad ha llegado a la política vasca»; «normalidad» que quieren identificar con «tranquilidad» o «paz social». El pasado domingo, GARA recogía en su primera página el testimonio de tres presuntos militantes de ETA -detenidos en Usurbil y Astigarraga en una operación dirigida personalmente por el juez Baltasar Garzón- que denunciaron haber sido golpeados y amenazados durante el periodo de incomunicación. Un caso más que refleja que en Euskal Herria la «normalidad» es que se repitan hechos que deberían ser excepcionales o, mejor dicho, nunca deberían suceder en un estado de derecho.

De la misma manera, los portavoces de los partidos unionistas, que ahora cuentan también con el altavoz de Ajuria Enea, se empeñan en hablar de «normalidad democrática» para justificar que la labor más destacada de la Ertzaintza en las últimas semanas sea la de arrancar de paredes y balcones fotografías de presos políticos o, incluso, ir de taberna en taberna para impedir que se rinda un homenaje a un ex prisionero. ¿En qué parte del mundo es esto normal?

En nuestra edición del martes también recogíamos otros dos hechos que difícilmente encajan en esa normalidad políticamente correcta: por un lado, la operación de la Policía francesa en Lapurdi y Nafarroa Beherea en la que arrestó a diez personas dentro de una «investigación preliminar» en torno a los sabotajes y ataques registrados en los últimos años contra agencias inmobiliarias; por otro, ETB comenzó sus primeras emisiones con el mapa que difumina los límites de Euskal Herria con España y Francia.

El miércoles, y también el jueves, la noticia que acaparó más titulares en la prensa escrita fue la decisión del Tribunal de Estrasburgo de avalar la ilegalización de partidos y candidaturas en base a una ley aprobada por el Parlamento español para expulsar de la vida política a la izquierda independentista vasca. La alegría con la que PSOE y PP, jueces, fiscales y policías recibieron el fallo sólo fue comparable al alivio que les produjo saber que la Corte Europea de Derechos Humanos ha rebajado la defensa de esos derechos hasta su mínima expresión.

Ni en Garoña, ni en Gasteiz ni en Iruñea

El presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha recurrido esta semana a su propia normalidad para aclarar que cuando prometió que Garoña se cerraría en 2011 no estaba dispuesto a cumplir su palabra. Romper compromisos -ya sean los que lanza ante la opinión pública o los que deja caer sobre las mesas de negociación- es ya algo habitual en el líder del PSOE, que no tendrá empacho en prorrogar el cierre de la central nuclear más allá de 2013 si considera que eso le puede hacer sumar votos a su partido en las elecciones previstas para dentro de tres años.

Y en la jornada de ayer se podía observar cómo la palabra «normalidad» se repetía hasta la saciedad en las páginas de los diarios. Pero si Miguel Sanz y Patxi López comparten tanto ideario político -Constitución española, Amejoramiento, Estatuto, Ley de Partidos...-, ¿por qué es tan destacable que dos representantes institucionales vascos mantengan un encuentro oficial en Iruñea? La respuesta es sencilla: porque ambos comparten el deseo de que Euskal Herria no pueda decidir su futuro libremente y tienen que trasladar a la ciudadanía una imagen de cordialidad que oculte su empeño en dividir a la sociedad vasca.

Es tan escasa la normalidad en este país que el partido de López es el que mantiene a Sanz al frente del Gobierno navarro, mientras que los «ex compañeros» de Sanz han sido quienes han elevado a López hasta la cúspide del Gobierno de Lakua. Porque, en definitiva, la normalidad que pretenden establecer en Euskal Herria es la imposición de su idea de España, de sus leyes, de su modelo lingüístico... de una «pluralidad» a la que ellos marquen los límites.

Hoy, de nuevo, la portada de este diario recoge la detención de tres presuntos militantes de ETA, noticia que llegaba casi al mismo tiempo que la denuncia del trato recibido por otra detenida en el Estado francés que ha sido encarcelada en un hospital. De nuevo, PSOE y PP, el Gobierno español y el Gobierno de Lakua aplaudieron la labor policial. De nuevo se escucharon los mensajes de que la vía represiva llevará a este país a la normalidad en un corto plazo de tiempo. Mensajes que llevan repitiéndose décadas y que, incomprensiblemente, son trasladados a la ciudadanía con un tono de normalidad por los medios de comunicación.

Lo realmente extraordinario sería que la sociedad vasca se despertara cada mañana sin recibir estas dosis de «normalidad». Y para lograrlo es necesario que todos los agentes implicados dejen de aceptar como normal lo que no es más que una situación excepcional.

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