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No todos alquilarían su piano al gran maestro Michel Camilo

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Pablo CABEZA

En una de las cafeterías próximas a la carpa del XXXIII Getxo Jazz 2009, una consumidora le explica a otra que hay tanta gente porque al lado va a tocar Camilo Sesto. La compañera no sale de su asombro porque creía que se había retirado, como le explica. A unos metros y a unos minutos del inicio del concierto, Michel Camilo, el auténtico, el de la República Dominicana, se prepara para tomar las escaleras de subida al escenario. El pianista tiene la costumbre -en realidad es parte de su estilo- de aporrear las teclas con una virulencia extrema. De hecho, en ocasiones termina con los dedos ensangrentados, pero son ya tantos los repiqueos que la sangre no le baja de los codos, por si acaso. Michel presenta a los dos músicos que le acompañan, uno de Cuba y otro de San Diego, California. Visualmente no hay dudas, el yanqui en el grandullón rubio, el que tiene pinta de comerse hamburguesas de seis pisos; en el medio el cubano, Flores, más estilizado, buen cuerpo y mejores dedos. No obstante, pasados los minutos no extraña que Camilo haya optado por Cliff como batería, pues a su homogéneo gran volumen se une una fortaleza física y un pegada descomunal. Si Metallica lo descubriesen, peligraría el puesto de Lars Ulrich.

Camilo percute las teclas con amable sonrisa concentrada, pero siempre enfadado, de cabreo. Debe de ser la mala leche de los bajitos, pero como también dice el tópico: la buena esencia viene en frascos pequeños. Perdidos en las vulgaridades de las frases hechas, llega al rescate el académico pianista, capaz de moverse con soltura por el vértice melódico de las teclas, incluso con su tono sinfónico, como por el más salsero y latino. Por su parte, Flores intenta estar a la altura del maestro, pero en algunas improvisaciones se muestra falto de ideas. Le gusta acudir al encuentro de las notas agudas del contrabajo, pero donde más luce es en los tonos graves. Mientras tanto, el mamporrero sigue dándole a la batería como si fuesen los lomos de un caballo de carreras. En realidad, yo no alquilaría mi piano ni mi batería a este trío.

Camilo está sublimando las piezas elegidas: belleza, recursos, firmeza, potencia y sensibilidad. Algunas características incompatibles, pero no tanto cuando es el dominicano el que se arremanga y comienza su trabajo de pájaro carpintero. Es una máquina, un avión, pero no vuela: es humano.

El aforo se ha completado. A los más rezagados les cuesta encontrar ubicación. A la media hora las primeras abuelas y nietos, de seis años -demasiados críos y crías- se marchan y dejan algunas sillas libres... que el jazz se baila sentado. Por este tramo Michel ataca la pieza más hard de la noche. Lleva diez minutos a un ritmo desbocado. Los aplausos le cambian el color de la tez y le arrancan el corazón. Camilo recorre el piano como si hiciese 50 kilómetros de footing diario sobre sus teclas. Se lo sabe todo: dónde atacar, dónde descansar, dónde hay cuesta... Sobre la mayoría, posee la suerte de conocer el mundo del jazz, lo latino y lo clásico.

Los aplausos irrumpen con fuerza, es el último lance de la noche, pero tal y como está el público, habrá otro bis, además es el de cortesía, así que nadie duda de que regresará el temperamental Michel Camilo. Y ahí están de nuevo, bajo el calor de las manos. Ñaca ñaca, traca traca y una vez más arrollando a sus seguidores. Comienza a formarse la hilera de aficionados buscando la salida, pero la mayoría decide que esto no acaba ni así ni en ese momento. Gritos, silbidos, ¡esto parece un concierto de rock!, y los fans que consiguen que el trío regrese al escenario. La pieza elegida es la más extraña en ritmo y estructura de todo el concierto. Es una creación con más alicientes para los músicos que para los observantes. Concluye la cita y ahora sí es el final. Camilo pliega su gran piano de cola, lo coloca sobre su hombro y se lleva los 300 kilos al hotel. Un portento.

 
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