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Amparo Lasheras periodista

No somos un pueblo de chivatos

Un episodio cotidiano, sin aparente importancia, pero cada vez más habitual, sirve de eje sobre el que la autora desarrolla su artículo: la denuncia de un ciudadano anónimo provoca que dos agentes de la Ertzaintza identifiquen y registren a un hombre que duerme en la calle. Ése es su delito, ser víctima de un sistema cruel y despiadado que coloca a miles de personas frente al abismo de la indigencia mientras inculca a la sociedad una falsa obsesión por la seguridad en la que la delación se convierte en un valor en alza.

Eran las diez de la mañana de un día normal y corriente de noviembre. En la plaza de la Estación de Gasteiz nada parecía alterar la rutina de todos los días, ni siquiera los cuatro agentes y los dos coches de la Ertzaintza que, con cierto relajo y apostados junto a los árboles, vigilaban no se sabe qué. Mientras paseaba a mi perra, a cierta distancia de la patrulla, observé que un transeúnte al llegar a la esquina de la plaza se volvió repentinamente y, sin dudarlo, se acercó a los ertzainas y con ademán confidencial les hizo una indicación sobre los soportales de la plaza. Los agentes, como los vaqueros de los buenos westerns de Sam Peckinpah, se subieron el cinto, comprobaron si sus armas seguían en el lugar adecuado y se encaminaron diligentes hacia el lugar señalado. Una vez cumplido su cometido, el informador hizo mutis por el foro y siguió su camino como si aquel tête à tête que acababa de tener con la policía no fuera ya con él.

Las declaraciones del Consejero de Interior, Rodolfo Ares, en las que invitaba a la ciudadanía a colaborar con la policía y a denunciar la presencia de fotos, pintadas o carteles de los presos políticos vascos, han encendido tantas alarmas en mi subconsciente que, en lugar de continuar con mi paseo habitual hacia la Universidad, opté por quedarme para comprobar in situé lo que estaba a punto de suceder. Cuando ya los imaginaba arrancando carteles a diestro y siniestro, en un recodo de los soportales, casi oculto a la vista de la gente, descubrí a una persona enfundada en un saco y dormida sobre unos cartones. Estaba claro que me había equivocado. Los presos no eran el motivo de su actuación. Por lo visto al ciudadano modelo le molestó que la pobreza se hiciera visible tan cerca de su casa y en un día tan soleado y, para que nada estropease su entorno ni su ánimo, no dudó en denunciar al hombre que dormía en la calle. Podía haberse acercado a él e informarle de su derecho a acudir a los Servicios Sociales y de la obligación de éstos a atenderle. Pero no, lo denunció a la Ertzaintza que resulta más contundente. Al fin y al cabo ¿por qué andar con delicadezas si, como sentenció uno de los agentes, «duermen en la calle porque quieren»?

El espectáculo fue triste y también escandaloso. Los ertzainas se acercaron al hombre y, con actitud amenazante, le ordenaron levantarse, le identificaron y le registraron como si fuera un delincuente, pillado in fraganti en un delito inconfesable. Al incorporarse pude fijarme en él. Se trataba de un hombre no muy alto, de unos cuarenta años, sin rasgos ni aspecto de ser un sin techo habitual. Al entregar la documentación bajó la cabeza y observé que le temblaba la mano. Se le veía asustado, derrotado y lo que es más indignante, humillado. No sé cuál era su historia y nunca la conoceré.

La tristeza de su mirada me hizo pensar que tal vez pertenecía al último eslabón de esa cadena de mujeres y hombres que ya ni siquiera engrosan las listas del paro y conforman la imagen real de las víctimas anónimas de la crisis, desprotegidas, desposeídas de todo, inexistentes en las estadísticas, sin número y sin nombre. El neoliberalismo los convierte en nada y, sin embargo, son el todo porque en ellos se muestran y reafirman las razones y la necesidad de un auténtico cambio social y económico.

Quizás algunos vean en esta historia un desgraciado incidente sin más transcendencia que la pena o el coraje que, desde una perspectiva humanitaria, se puede sentir al ser testigo de ello. Y no obstante creo que representa algo más. Se trata de una secuencia donde se muestra el desastre y la prepotencia a la que nos han conducido los valores que el capitalismo, como si fuera la quinta columna, ha ido introduciendo, con mensajes subliminales pero constantes, en el universo personal de cada ciudadano. Poco a poco, han minado la defensa, el aprecio y el respeto de la ciudadanía por los otros, por las libertades fundamentales, los derechos y los principios democráticos que deben regir la sociedad y la política.

En nombre de no sé qué orden ciudadano o de qué aséptica convivencia civil, estructurada como si fuera una maqueta de diseño, pretenden alejar a la sociedad de la libertad y organizarla en torno a la primacía de la seguridad. Hoy todo vale. Todo es lícito si con ello se garantiza la seguridad, la individual y también la colectiva. Sentirse seguro es el máximo exponente de lo que se supone una apariencia de éxito. En otra época ser rebelde, solidario, luchador, bohemio, divertido o amable y colega del vecino tenía su encanto, su feeling, su historia... Hoy esa teoría, además de considerarse políticamente incorrecta, raya casi en el concepto de «marginación social voluntaria», un amplio y moderno término sociológico en el que se incluye a todo aquel que no ha seguido o no ha entendido convenientemente las directrices del sistema.

El individualismo siempre arrastra un temor histérico a perder lo que se tiene y un miedo exacerbado a la libertad del otro y también a la propia. Los que gobiernan lo saben y optimizan ese temor para someter. Antes, la denuncia, la llamada a la policía, se consideraba un instrumento extremo ante un delito flagrante o ante el daño que causa la vulneración de un derecho fundamental. En una sociedad donde los conceptos de vigilar y prohibir se han establecido como los star system de las normativas locales y generales, la denuncia se ha convertido en la herramienta cotidiana, de fácil uso, de manual ciudadano para mantener el orden.

Cualquier actividad, actitud o persona que moleste o rompa la armonía aparente es susceptible de ser denunciada, sin que nadie se sorprenda o cuestione la legitimidad o la ética de esa denuncia. El peligro es que este proceder puede determinar las actitudes personales e introducirse de forma sibilina en los actos de cada día. En pocas palabras, la ciudadanía puede acostumbrarse a ser su propio policía en las cosas pequeñas de la vida y así matar su propia libertad. Entonces ¿qué nos queda para el futuro? El desastre, el paro, los ERE, la hipoteca, el aburrimiento, el Gobierno de Patxi López, los aleluyas a España de Basagoiti y los aplausos del PNV a todos ellos. Porque si nos arrebatan la libertad nos roban las ideas, el cambio y el futuro. Seremos incapaces de discernir el juego malévolo de las palabras y percibir que lo que Ares denomina «colaboración ciudadana» no es otra cosa que delatar, en lenguaje común ejercer de chivato, hablando claro, actuar como un soplón, como un chota, eso sí, legal y bien visto.

Euskal Herria se merece algo más que las miserias de un sistema caduco en un Estado también caduco. Se merece lo que es, un pueblo con dignidad, que mira de frente a la libertad y lucha. No somos un pueblo de chivatos. Que quede claro.

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