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Francisco Larrauri Psicólogo

Euskal Herria, jeroglífico penal

A los pesimistas les quiero recordar las riadas humanas que querían parar la historia manifestándose de Sol a Cibeles para que la Micronesia continuara siendo española. ¡Pobrecitos, que ilusión!

Después de la prohibición de la marcha de Etxerat se empieza a saber de buena fuente que la libertad es un bien escaso para la sociedad vasca. En algún momento de la producción y disfrute de la libertad se observa una realidad distorsionada o enmascarada, llegando a no poder reconocerla ni por su sombra, pues en Euskal Herria se utiliza la cárcel para confinar a la fuerza un sector de la población que tiene abolidos ilegítimamente sus derechos. Y el protagonismo de la represión aumenta cuando los socialistas, como las riadas humanas que desfilaron hace dos siglos de Cibeles a Sol para reivindicar la Micronesia española, van siguiendo la flecha del imperialismo nacional español y deciden continuar con los discursos españolistas que nada tienen que envidiar a los de Areilza o Castiella.

El jeroglífico penal cambia según los vientos políticos del momento, y podemos hablar del enigma secreto que padece parte de la sociedad vasca, cuando a alguien que sale en libertad definitiva se le vuelve a encarcelar por diez años sin otro proceso, o cuando al juez que no encuentra materia punible en un escrito, el superior de turno le ordena que abra una causa penal contra el autor; pero la mejor prueba del jeroglífico penal en Euskal Herria es el uso político que se hace de la cárcel cuando detienen a miembros de la izquierda abertzale por trabajar por la independencia y antes del juicio les endosan la acusación de ser dirigentes de ETA. Drama político y social.

Cada vez que el ejercicio por el derecho a decidir se erige democráticamente como objeto del discurso, comienza la operación de salvamento de las españas en que el brazo penal del Estado crea un continuum carcelario que afecta a todo y a todos; entonces, la fórmula de independentista más varón o mujer se identifica abiertamente con la «causa probable» que justifica la detención, el interrogatorio, el cacheo, la tortura y la reclusión de cientos de vascos cada año. Este encarcelamiento masivo lo quiere utilizar el régimen constitucional para estimular la muerte civil, no tan sólo de los que atrapa, sino de un amplio espectro social. Pero lo que convierte a Euskal Herria en un verdadero jeroglífico secreto es cómo se investiga, cómo se detiene, cómo se confiesa y cómo se juzga, a quien sigue con ideas y con ganas de hacer política con la Ley de Partidos. Las leyes aquí se construyen como las pruebas, limitando severamente la discreción de sentencia de los jueces; así, cuando el tiempo más largo permitido por la ley deviene cumplido, aparecen nuevas leyes draconianas que imponen condenas perpetuas rutinarias. Ante esta barbaridad objetiva y la estulticia de Basagoiti, símbolo de una forma de concebir y practicar el poder y el Derecho, en definitiva reflejo de lo que es, se dan la mano la ética española de izquierdas y derechas al no encontrar puntos de tensión entre el régimen que se impone a los presos políticos vascos y los derechos humanos.

Después de múltiples exclusiones, las arbitrariedades que se producen en las cárceles se convierten en crónicas y universales, y de la naturaleza, objeto y frecuencia de los abusos ha surgido la ola multitudinaria jamás imaginada que demanda la intervención urgente de un poder legislativo independiente y exige al Poder Ejecutivo que deje de aplicar la venganza política sancionada por ley para superar un conflicto.

La sensibilidad de la sociedad vasca se ha escandalizado y ha respondido en Bilbo, «rozando la legalidad», a decir de los socialistas, que se hunden en la ilegalidad penitenciaria respecto de las observaciones jurídicas internacionales. Y es que el encarcelamiento de los presos políticos vascos no se produce en un ambiente legalmente protegido y aislado de arbitrariedades. Lo que en un principio consistía en incontables privaciones con un padecimiento físico y personal se ha transformado, gracias a los dirigentes de las instituciones penales y a la colaboración de sus guardias, en un estadio psicológico e intelectual que implica también a las familias.

El objetivo principal era claro: separar al condenado de por vida, definitivamente, de su ambiente social y familiar, con efectos personales y sociales devastadores.

¿Este personal puede rehabilitar a alguien? ¿Este tratamiento ayuda a solucionar un conflicto?

Este jeroglífico penal lo padece toda la sociedad vasca, pero a los pesimistas les quiero recordar las riadas humanas que querían parar la historia manifestándose de Sol a Cibeles para que la Micronesia continuara siendo española. ¡Pobrecitos, que ilusión!

¿Cuándo se enterarán estos gachupines de que las ideas no pierden su poder por estar ilegalizadas, y de que los presos políticos salen por la misma puerta con la misma voluntad a pesar de todas las trampas dispuestas? Ya sólo les vale la intoxicación política en su grado máximo para disponer la muerte social de las ideas, pero este ya es otro jeroglífico.

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