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ELECCIONES EN EL IRAK POST-SADDAM

Kirkuk, Vidas al calor del fuego eterno

La mayoría kurda reclama su anexión al Kurdistán iraquí pero árabes y turcomanos insisten en que Kirkuk debe ser gobernada desde Bagdad. Las elecciones generales del próximo 7 de marzo ayudarán a esclarecer el futuro de la ciudad más disputada de Irak; esa cuyos cimientos se hunden en una de las mayores reservas de crudo de todo Oriente Medio.

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Karlos ZURUTUZA

Nada más cruzar el checkpoint de la carretera que llega desde Erbil, una impresionante columna de fuego nos indica que ya estamos en Kirkuk. Los expertos dicen que lleva ardiendo más de 4000 años, siempre alimentada por el gas natural que se filtra a través de esta tierra reseca. A pesar del terrible hedor a huevos podridos, Baba Gurgur (Padre del Fuego en lengua kurda) fue durante siglos el lugar preferido por los pastores kurdos para calentar sus rebaños en invierno. Hoy numerosas señales avisan del peligro de intoxicación por el sulfato de hidrógeno pero todavía hay mujeres que se acercan para pedirle un hijo varón al fuego eterno, una costumbre que se remonta al pasado zoroástrico de los kurdos. El potencial de Baba Gurgur tampoco pasó desapercibido a los británicos y, en 1927, la North Oil Company empezó a explotar el yacimiento: se derribaron los barrios que se interponían entre el negro del subsuelo y el azul del cielo, y se construyeron otros para que los trabajadores pudieran estar lo más cerca posible de las llamas. Tras cambiar su fisonomía, la sureña ciudad kurda competía con Texas, Bakú o la región del Golfo Pérsico.

Muhamed nació en Arafa, uno de los nuevos distritos al que se mudó su padre, un antiguo trabajador de la refinería. Su casa natal no disfruta de la vistas que tienen sobre el fuego eterno las de la primera hilera pero comparte con aquellas ese aire denso y de intenso olor a petróleo. En origen, Arafa fue la residencia para trabajadores británicos y kurdos. Los primeros se fueron y a los segundos los echaron para hacer sitio a los recién llegados: los llamados «árabes 10.000».

«En los setenta y ochenta, Saddam ofrecía 10.000 dinares y un terreno para construir su casa a familias árabes del sur del país, la mayoría chiítas. Muchos de ellos fueron empleados en Baba Gurgur», explica, Muhamed. «Bagdad les ofrece hoy 20.000.000 de dinares (unos 12.000 euros) para regresar a sus lugares de origen pero son pocos los que se han acogido a esta medida», apunta este docente en la universidad de Suleymania. Las banderas negras chiítas todavía ondean despreocupadas sobre los muros de la casa de su vecino.

Ése es, precisamente, el conflicto que mantiene a Kirkuk en una suerte de limbo entre Erbil y Bagdad. Los kurdos insisten en que Kirkuk ha de integrarse en la región autónoma de Kurdistán, algo de lo que los árabes, y la mayoría de los turcomanos, no quieren ni oír hablar. El referéndum sobre el estatus de Kirkuk lleva aplazándose desde 2007 al no existir todavía un censo. ¿Tienen los «árabes 10.000» derecho a votar? ¿Y los kurdos que, según dicen algunos, han llegado de otras regiones para inclinar la balanza hacia el norte? Por el momento, es el Ejército iraquí, y no los peshmergas kurdos, los que patrullan las calles de Kirkuk.

Al norte de la ciudad se encuentra el barrio de Shorav, un monótono complejo de hormigón que centellea cada noche al calor de Baba Gurgur. Las coladas ennegrecidas por el humo pertenecen a las miles de familias kurdas reubicadas aquí tras ser sus casas fagocitadas por la maquinaria movida por y para el petróleo. Para Khalid, uno de los desplazados, el rechazo hacia los árabes se remonta hasta mucho antes de la «arabización» forzosa llevada a cabo por Saddam.

«Los árabes trajeron lo peor para los kurdos: el islam y la esclavitud. Tomaban como esclavos tanto a turcomanos como a kurdos. Es por esto que la mayoría de los turcomanos hablan el kurdo y muchos de nosotros el turco, pero difícilmente encontrarás a un árabe que hable alguna de estas dos lenguas», explica este mecánico de automóviles para quien los árabes «han de marcharse por donde han venido».

Banderas negras, banderas azules

Un mar de banderas negras ondea sobre el barrio de Hadidin, uno de los que permaneció cortado el pasado mes de enero durante la celebración de la Ashura, el principal evento religioso chiíta. Samer Ali es otro de los jóvenes locales que no se flageló con látigos de púas de acero por algo que, según dice, «pasó hace más de mil años». A pesar de haber nacido en Kirkuk, Samer ha de cargar con el estigma que supone el ser hijo de «árabes 10.000».

«Nací aquí, he crecido aquí y tengo derecho a quedarme aquí; ¡si hasta hablo el kurdo!», reivindica este inquieto universitario, que dice estar organizando un concierto de música popular en el marco de la capitalidad cultural iraquí que acoge Kirkuk durante este 2010.

«Algunos han vuelto al sur, y los hay que incluso han hecho dinero tras vender la casa que tenían aquí. Pero mi familia no tenía nada cuando dejó atrás su aldea en Basora, y menos aún yo», explica el joven árabe, para quien el futuro de Kirkuk pasa por el de una región autónoma federal equidistante de Erbil y Bagdad.

Y Ankara tampoco queda muy lejos. En los barrios de Musala o Tasahin son miles los balcones engalanados con la bandera turcomana, idéntica a la turca excepto por el color, azul celeste, y por dos bandas horizontales que indican la cercanía a la «madre Turquía». En el bazar de Haman Ali, el más grande de Kirkuk, se comercia en las tres lenguas principales de la ciudad e incluso en el siríaco de los cristianos, pero la hegemonía del turco en los rótulos es aplastante. No en vano, en Kirkuk son decenas de miles los descendientes de aquellos comerciantes otomanos diseminados a lo largo de la de la Ruta de la Seda: hábiles comerciantes durante siglos, pero que cuentan hoy con un gran peso político. Su número en el «nuevo» Irak se calcula en torno al medio millón, y el último censo realizado en Kirkuk (por los ingleses en 1957) los situaba como el segundo grupo étnico de la ciudad tras los kurdos.

«A diferencia de árabes y kurdos, los turcomanos nunca hemos dicho que Kirkuk nos perteneciera únicamente a nosotros», asegura Turhan desde el pequeño restaurante que regenta en la avenida Al Jumoriya, la principal arteria comercial de Kirkuk. Pero a pesar del pasado y la lengua común que los une, los turcomanos de la región se dividen hoy en una plétora de partidos que distinguen entre musulmanes chiítas o sunitas; entre los leales a Bagdad o los que miran hacia Ankara, como los miembros del Frente Turcomano. Y no olvidemos al Partido de la Unión Turcomana, favorable a una integración de Kirkuk en la Región Autónoma de Kurdistán.

«Somos un pueblo tan compacto como heterogéneo, probablemente porque hemos sido comerciantes durante siglos», explica Turhan, quien asegura poder recitar de memoria hasta nueve generaciones de su árbol genealógico, «todas de Kirkuk».

Pero no es suficiente. El pasado 3 de febrero se estableció la primera célula mixta de seguridad de Kirkuk. Se trata de seis unidades, cada una formada por 99 hombres armados: 33 soldados iraquíes, 33 policías iraquíes y 33 peshmergas kurdos que habrán de velar por la seguridad durante los comicios del 7 de marzo. La ausencia total de milicianos turcomanos ha desatado el enfado de la segunda comunidad de Kirkuk, máxime cuando dichas unidades están capitaneadas por un oficial americano; una prueba muy gráfica tanto del número como del poder real de los últimos en llegar a la ciudad del fuego eterno.

«El consulado USA de Arafa es ahora una de las residencias de Jalal Talabani (el presidente de Irak) y es cierto que apenas se les ve patrullar por las calles de Kirkuk, pero siguen aquí», dice Hussein Ali, árabe sunita local. «Nadie se cree que se vayan a ir este año --añade-, ni tampoco el siguiente».

Unos comicios concurridos

Según datos del Alto Comisionado Electoral Independiente, Kirkuk cuenta con una población de 1.340.000 habitantes de los cuales 787.000 están llamados a las urnas.

27 coaliciones compiten en Kirkuk por 12 de los 325 escaños en el Parlamento iraquí. Muchos políticos califican la alta concurrencia de listas como una señal de la «profunda transformación democrática que ha sufrido Irak», pero hay quien teme que el elevado numero de partidos políticos confunda a los electores.

La mayoría de los partidos políticos en la provincia de Kirkuk confían en formar coalición con los más poderosos y poder así optar a un escaño en el Parlamento. Es el caso de los turcomanos quienes, tras unir esfuerzos, consiguieron un asiento en el parlamento en 2005. Estos partidos son hoy miembros de listas más amplias, como es el caso del Partido Turcomano Islámico, integrante de la Coalición del Estado de Derecho, liderada por el primer ministro Nuri al-Maliki, o el del Frente Turcomano, dentro de la Coalición Iraquí.

Los kurdos cierran filas en torno a la Alianza Kurda, que colideran Jalal Talabani y Massud Barzani, presidentes de Irak y de la Región Autónoma de Kurdistán respectivamente. Por su parte, la lista Goran, que obtuvo unos excelentes resultados en las pasadas elecciones locales kurdas, ha optado por una lista independiente, al igual que el Grupo Islámico y la Unión Islámica.

Castillo de Kirkuk agrupa a kurdos, árabes, turcomanos y cristianos bajo el lema «Kirkuk pertenece a los habitantes de Kirkuk» Su portavoz, Shirzad Fateh, asegura que más del 90% de la población está descontenta con la administración de la provincia.

Los árabes se han agrupado en dos listas principales como Coalición del Estado de Derecho de Nuri al-Maliki o la Coalición Nacional. Ambas coinciden en que Kirkuk es una ciudad iraquí y que, como tal, ha de ser administrada desde Bagdad.

Los cristianos asirios también cuentan con sus propias listas. Adwar Orha, miembro del Partido Asirio y actual vicegobernador de Kirkuk, considera el elevado número de participantes como una «prueba irrefutable de la diversidad de Kirkuk». K.Z.

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