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«El extraño caso de Angélica» devuelve al centenario Manoel De Oliveira a sus orígenes creativos

El cineasta más viejo del mundo, a sus 102 años, se mantiene en activo con una película surrealista que le devuelve al cine de sus comienzos, influenciado por las vanguardias y técnicas expresivas del cine mudo.
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Mikel INSAUSTI | DONOSTIA

Hace tiempo que quedó claro que Manoel De Oliveira no tenía ninguna intención de retirarse y, una vez superado el siglo de vida con salud y fuerzas, seguirá haciendo películas hasta morir. Tiene previsto cumplir los 103 años rodando fuera de Portugal, en Río de Janeiro. Su intención es adaptar el cuento del brasileño Machado de Assis «A igreja do diabo».

El pasado año, por estas mismas fechas, presentó en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes «O estranho caso de Angélica». Una vez más, la crítica se dividió, al igual que viene sucediendo con la mayoría de sus películas recientes. Hay quienes lo consideran un pesado que insiste una y otra vez en el mismo discurso cinematográfico, frente a los que le admiran como el último representante del purismo creativo de las viejas vanguardias.

Este aspecto de constante reinvención queda más de manifiesto, si cabe, en su nueva realización. En «El extraño caso de Angélica» bebe de las fuentes del cine mudo, reivindicando los primitivos efectos ópticos utilizados por Méliès o Lumiére. Una elección que le sitúa totalmente a contracorriente del cine de la era digital.

Los elementos fantásticos de su película están personificados en la figura de una novia fantasma, una joven muerta tras su boda, y que, en los retratos del fotógrafo encargado de inmortalizarla, cobran vida. La bella protagonista tiene el rostro risueño de Pilar López de Ayala, una de las musas del cine europeo de autor. Al igual que en «En la ciudad de Sylvia», su figura llena el encuadre y no necesita hablar, ni siquiera en los primeros planos. El papel del retratista recae en Ricardo Trêpa, nieto y actor predilecto del director. La vida cotidiana de este hombre es la que llena la película, con sus desayunos en la pensión donde se hospeda y las consiguientes conversaciones casuales.

La atemporal película está a medio camino entre el surrealismo de Buñuel y la espiritualidad de Dreyer, mezclando realidad y ficción a manera de síntesis entre la vida y la muerte, en el convencimiento de que son dos caras de la misma moneda.

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