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Jaiak | Portugalete

Ni un centímetro libre en Coscojales en 23 horas de prolongado juergón

La castiza Coscojales volvió a ser ayer el epicentro de unas fiestas, en honor a la Virgen de la Guía, que «rompen» a más de uno, ya que la juerga regada con todo tipo de líquidos se prolonga 23 horas ininterrumpidas. Todo un récord, como la capacidad de la pequeña calle.

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Agustín GOIKOETXEA | PORTUGALETE

Unos pocos centímetros en los que poder desenvolverse era algo muy apreciado ayer en la calle Coscojales, corazón de la fiesta en honor a la Virgen de la Guía, y lo habrá sido hasta primera hora de esta mañana, ya que el jolgorio, con txupin incluido, se prolonga 23 horas, desde el tradicional izado de los Dominguines hasta la despedida frente a la hornacina del mercado de abastos.

Tras la procesión marítima, el pertinente aurresku de honor y las danzas, a las 15.00 tuvo lugar uno de los momentos irrepetibles de la fiesta jarrillera por antonomasia, la bajada con la fanfarria Gazte Leku por la concurrida Coscojales. Para entonces, el centro histórico de la villa portugaluja era un hervidero humano en el que no cabía un alma, tan sólo un poco de espacio para recordar a los ocho represaliados políticos que, sin duda, tienen marcado el 1 de julio en sus calendarios con rojo.

A los de Gazte Leku les costó ascender la calle, vestida de blanco y de pañuelos de cuadros azul, pero su llegada animó aún más Coscojales. Se entonaron repetidos cánticos con estrofas como: «...tengo un novio chiquitín/ y se llama Nicolás,/ si lo quieres conocer/ sube arriba y ya verás» ó «la calle Coscojales/ donde Mari la Churrera/ vende vinos especiales/ que no se los traga cualquiera».

Para entonces, sólo tienen espacio los Dominguines, unos muñecos colgados frente a la hornacina de la virgen que representan a un matrimonio que, según relata la leyenda, se llamaban Domingo y Dominga, con domicilio en esa calle del casco viejo jarrillero y muy aficionados al morapio. En esta fiesta, que tiene su origen en la centenaria veneración de los marinos a la Virgen de la Guía, los Dominguines se vestían sus mejores galas, siendo invitados a tomar txikitos hasta que los efectos del morapio los sumía en los sueños de Baco, siendo la mofa del resto de juerguistas.

A los Dominguines se les volteó en la bajada vespertina y se repitió la operación a medianoche, cuando la Banda Municipal tomó el relevo de la fanfarria. A la tarde, sólo hubo espacio para la tranquilidad cuando Los Barbis subieron a un pequeño tablado para entonar: «Y cuando bogando va/ va cantando el marinero:/ aquello que yo más quiero/ en Portugalete está./ Quiero una bella mujer/ que es la luz del alma mía/ y a la Virgen de la Guía/ que ampara nuestro querer».

A continuación, la densidad en Coscojales se relajó, pues los hubo que fueron a recuperar fuerzas por la tarde. Noche y madrugada se presentaban peligrosas. Fueron una buena parte, aunque también hubo quien, siguiendo los pasos de los Dominguines, no dejaron de soplar.

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