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Sorrentino transforma a Sean Penn para la road movie «Un lugar donde quedarse»

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M. I. | DONOSTIA

Paolo Sorrentino no se merece que «This Must Be the Place» haya tardado un año en estrenarse comercialmente, que es el tiempo transcurrido desde que se presentó en el Festival de Cannes, donde fue recibida con un escepticismo causante del maldito retraso. Tampoco la traducción del título es correcta, puesto que cambia el sentido de la letra de la canción en que se inspira, y que justifica la presencia en la película de David Byrne, líder del grupo Talking Heads. El cineasta napolitano no la ha rodado en inglés por capricho, así que merece la pena ser vista en su versión original. Por algo se trata de una genuina road movie inspirada en las películas que Wim Wenders filmó a través de rutas estadounidenses, con «Paris-Texas» como máximo exponente.

Sorrentino profundiza en el lenguaje del cine rodante, haciéndolo suyo mediante la pura deriva narrativa, con lo que de creación sobre la marcha conlleva. Pero el mayor hallazgo es la caracterización de Robert Smith que hace Sean Penn, que se comporta como si el tiempo no pasara para la estética gótica de los Cure. Y esa paradoja temporal es la que permite al protagonista rastrear en el pasado, siguiendo la pista de un criminal nazi escondido en la Norteamérica profunda.

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