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El último peatón

Bukowski sobre Bukowski

Patxi IRURZUN

Hoy van a chupar ustedes el tuétano de una columna periodística. Con ustedes el making of de “El último peatón”. La cámara se acerca y vemos, en primer lugar, al autor sentado delante del ordenador en pleno proceso creativo, o eso. No está solo. Colgada de su cuello, su hija de tres años le asesta varios besos letales en la nuca que tienen como objetivo desalojarle para ver en internet un capítulo de Dora la exploradora. Mientras tanto, la televisión atrona a espaldas de ambos por seiscientassesentayseisava  vez con el anuncio de Mr. Kujidor (¡Lo mismo! ¡LO MISMO NOOOO!), el cual saca de su estado catatónico al otro hijo del escritor, de siete años, quien trata de imitar al luchador enmascarado confundiendo el sofá con una pista de wrestling.

–¿Se debe a este tipo de cosas que usted haya utilizado personajes de los anuncios, como Mr. Krujidor, en alguna de sus columnas?– pregunta en ese momento un incisivo reportero.

–Eh, ah, uh… –balbucea el autor, intentando disimular, y a continuación inventa una argumentación con más calado intelectual–. n realidad no. Mr. Krujidor, apareciendo en un consejo de ministros (¡Reforma laboral nooo! ¡ESCLAVISMO!) o el EULI (Ejército Unificado de Liberación Indigente) secuestrando al líder de la Vuelta, un ciclista chiquitistaní de un metro y diceiseis centímetros de altura y obligando a Roberto Jiménez a enfundarse su maillot amarillo al tiempo que lo torturan con frases del tipo «Para que entiendas lo que es estar ahogado», ese tipo de escenas, son propias de lo que yo considero que hoy debe ser el hiperrealismo literario, la literatura como arma social, la manera más efectiva de reflejar y denunciar el mundo en que vivimos: las distopías, es decir las utopías al revés, relatos futuristas y apocalípticos en los que los personajes viven bajo regímenes totalitarios que le suministran gratuitamente drogas alienantes como el abono del fútbol o la tarjeta de El Corte Inglés; personajes que pasan toda su existencia dentro de centros comerciales, dándole al “Me gusta” en Facebook o que hablan por wasap incluso cuando están frente a frente. Solo mediante la exageración y la deformación es posible retratar una sociedad como la nuestra, para la que la realidad siempre hay que interpretarla al revés (por ejemplo, cuando sale un portavoz del gobierno diciendo que las pensiones no se tocarán, significa que los que no las tocarán serán los pensionistas). La distopía y el esperpento son hoy por hoy las únicas alternativas para contar la realidad, al menos hasta que no empiecen a escribir los euskoecuatorianos, los magrebís nacidos en Carabanchel, los sudaneses del Alto Ampurdán…

–Vamos, que lo de Mr. Krujidor es lo que suena de fondo y usted escribe cuando no se le ocurre otra cosa.ese momento un incisivo reportero.
–Sí –admite el autor, y después descarga su frustración con su hija, a la que se sacude de encima y además le revela que Dora y Botas son chivatos de la policía, siempre delatando al pobre Swiper.

A continuación, el autor se queda un rato meditabundo, rascándose el mentón. Una pose muy interesante, muy cinematográfica, pero en realidad –eso la cámara no puede verlo– dentro de su cabeza solo hay un mono tocando los platillos. «¿Dios mío, sobre qué voy a escribir?», se pregunta aterrorizado, y vuelve a barajar la posibilidad de hablar de su último libro. Bukowski lo hizo. Bukowski se reseñó a sí mismo. Bukowski sobre Bukowski. El autor también lo hizo, con otro libro, pero el autor no es Bukowski  y le quitaron la columna que tuvo durante algunos meses en un periódico gratuito, «por autopromocionarte», dijeron; lo otro, lo que escribió sobre la familia real, eso no tenía la más mínima importancia, por eso no, hombre, ellos estaban a favor de la libertad de expresión, la tenían en su ADN, eran demócratas de toda la vida (¿Demócratas? ¡DEMÓCRATAS NOOO! –ay, este Mr. Krujidor siempre chupando cámara—). Finalmente, el autor se arriesga: hace unos meses publicó “Dios nunca reza, ”un dietario (contradiciéndose a sí mismo, nada de distopías disparatadas, la vida misma a flor de piel)  y no puede ser un malqueda, tiene que agradecer a todas esas personas, desconocidos que le han parado por la calle –nunca le había pasado- para darle las gracias, a todos los lectores que le comentan de corazón que su libro les ha robado horas de sueño, les ha emocionado, que con él se han reído, han sentido que era su propia vida…

–¡Corten, corten! ¡Ese es otro making of!– se oye una voz de fondo, mientras la claqueta marca el fin de otra columna, escrita a trancas y barrancas y el último peatón sigue bajo el sol de agosto su errático camino en busca de la libertad creativa, o eso. 

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