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Arturo, F. RodrŪguez | Artista

Desconcierto

La vanguardia histórica del arte, la que iba de la mano del progreso, podía mirarse en el espejo y encontrar en su reflejo algo parecido a una agrupación política, con sus objetivos y sus estrategias. Más tarde la idea de vanguardia se transformó en el equivalente a una fiesta, un montaje amable en el que el espacio de socialización lo era todo y en donde se podía acceder al brillo y la notoriedad olvidando la pesadez de las responsabilidades sociales. Hoy, aquellos intentos del arte que quieren estar en sintonía con su tiempo tienen la forma de una convocatoria fallida, de una crítica institucional secuestrada por la propia institución o de una tecnología tan poderosa que es capaz de reducirlo todo a un tuit.

Es momento de preguntarse si el espejo en que se miraba la vanguardia histórica podría ser hoy una puerta al futuro, un acceso a nuevas formas de pensar la política. Puede que los tiempos hayan cambiado, pero ¿acaso los problemas importantes no son los de siempre? El formato de «la fiesta del arte» también podría seguir ofreciendo validez. Se trataría de imprimir un número ilimitado de invitaciones, de modo que todo el mundo pueda asistir y disfrutar. La capacidad auto-paródica, la sorpresa y el truco constituyen los mejores soportes para la subversión.

Así que la actualización de la vanguardia y de sus estrategias, la astucia política y la tecnología deberían trabajar juntas y en un mismo sentido. Esta posibilidad nos ofrecería instrumentos para detectar y aprovechar las pendientes de esta montaña suiza en la que estamos y que avanza hacia lo desconocido. La cuestión es si abrocharse o no los cinturones.

Nota de redacción: Este es el texto enviado por Arturo F. Rodríguez y no el que apareció publicado ayer por error. Pedimos al autor que acepte nuestras disculpas.

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